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sábado, 1 de febrero de 2014

Primera parte. Cuatro. 4

Por la tarde, ambos jóvenes daban vueltas nerviosamente alrededor del sofá que bloqueaba el acceso a la bodega. No se les ocurría nada. Estaban en blanco. Quizá el monótono rumor que producían los deambulantes anulara su voluntad al mismo tiempo que su entendimiento, como si de un hipnótico y hechizante ritmo tribal se tratara, entonado en su honor para evitarles, al menos, el dolor físico en el inminente y sangriento sacrificio.
Casi habían terminado con las reservas de latas de la despensa, y apenas les quedaba una garrafa de agua y muchas botellas de todo tipo de licores. Al parecer, el padre de Bea era previsor. Para asearse habían utilizado el agua de las cisternas del váter de los dos cuartos de baño de la casa, que, aunque tenía cierto olor por llevar estancada tanto tiempo, aún no había criado bichos. Toni había inspeccionado detenidamente el jardín desde el interior de la casa, ya que no se había atrevido a salir por miedo a excitar más a los deambulantes, y pudo comprobar que los Álvarez no tenían piscina. Una lástima… Comenzaba a cuajar en su cabeza la idea de que no podían permanecer encerrados indefinidamente, porque su situación empeoraba de hora en hora.
–Afuera hay una leñera bastante grande donde mi padre guardaba algunas herramientas –le dijo Bea, pensando que a lo mejor eso le ayudaba al chico a discurrir algo útil. Pero Toni no tenía ninguna idea, ni buena ni mala. Bueno, sí: salir pitando de allí. Pero, entonces, surgía otro problema: ¿cómo lo harían?
–Quizá debería asomarme de todos modos, a ver si encuentro algo… –dijo Toni, consecuente con sus reflexiones previas.
Se preguntaba si sería más conveniente quedarse allí dentro, a salvo, o, por el contrario, salir a echar un vistazo a los no demasiado extensos dominios de la parcela.
Bea también le daba vueltas, desde hacía un rato, a la idea de salir de allí, es decir, no solo el corto recorrido que iba del chalé al jardín, sino más allá, abandonar El Coto, Viana… Finalmente, expresó con palabras lo que pensaba.
–Me parece que solo podemos irnos de aquí en mi coche, ¿no?
–Supongo… Salvo que pase algún autobús cerca… –respondió Toni irónicamente–. Lo que no sé es cómo lo vamos a hacer para que todas esas personas muevan el culo de ahí –señaló en dirección al coche de Bea, del que apenas veían el brillo del techo– y se vayan, por ejemplo, al club social a tomarse unas cañas…
Venciendo sus reservas respecto a las ansias que su simple presencia visual desataría en los monstruos, Toni agarró con firmeza el gancho de la lumbre y abrió la puerta principal del chalé. Sabía cómo usar ese trasto… De forma inmediata, el rumor de los seres se convirtió casi en bramido al tener a la vista, por fin, tan apetitoso manjar. Bea se apresuró a salir tras él, agarrándose a su cazadora.
–Espera…, no pienso quedarme aquí sola…
El aire fresco de noviembre les recibió, y respiraron profundamente… solo para taparse de nuevo la nariz al sentir el apestoso hedor de los muertos. Unas tímidas gotas comenzaron a caer, arrancando del descuidado césped apagados repiqueteos. Pegados a la pared, mirando en todas direcciones, recorrieron los pocos metros que les separaban del cuarto de la leña, situado en un lateral de la pared de ladrillo de la casa.
Bea abrió la puerta, e inmediatamente un olor a cerrado y leña mohosa les recibió. Ahora que llovía con cierta intensidad, vieron que por una fisura del tejadillo se filtraba un hilo de agua que comenzaba a formar charco al pie de los troncos de encina. La leñera era bastante espaciosa, y aunque no cabía una persona adulta de pie, sí que pudieron entrar agachados.
No encontraron gran cosa aparte de la leña y unas estanterías llenas de productos de limpieza, varios botes de pintura, una taladradora y una amoladora eléctricas y muchos tarros de cristal con tornillos y clavos. Acarrearon hasta la casa lo que les pareció de mayor utilidad: un hacha bastante afilada; una caja de puntas de acero de 30 cm que pesaba como un demonio; dos garrafas de agua precintadas, lo cual era buena señal porque indicaba que era agua potable; un pico; un destornillador de gran tamaño; y varias cintas de precintar.
Mientras volvían al interior del chalé, Bea le preguntó por qué había cogido el pico, si apenas podrían levantarlo entre los dos para usarlo eficazmente como arma. Toni no contestó, concentrado en refugiarse cuanto antes de la mirada de los deambulantes, que continuaban, indiferentes a la lluvia, intentando entrar en el jardín.
Dejaron todo lo que habían requisado del trastero en el suelo, y Toni se enfrascó en la tarea de intentar liberar el mango del pico con la ayuda del destornillador.
–No te lo creerás –le decía a Bea–, pero un buen palo de madera es de una gran efectividad contra esas cosas: silencioso, no hay que recargarlo y no corres el riesgo de dispararte en un pie.
Parecía que sabía de qué hablaba. Puede que el chico, después de todo, tuviera ya una larga experiencia en el trato con esos pobres diablos, pensó Bea, que contemplaba a Toni con interés. Al cabo de un rato de forcejeo, el pesado pico de hierro cayó al suelo de tarima, provocando el sobresalto de Bea y el inicio de una nueva sesión de arañazos por parte de su madre. Su madre... A Bea le parecía increíble lo fácilmente que se había acostumbrado a la nueva situación, con su querida madre convertida en un monstruo, encerrada allí abajo sin que nada pudiera liberarla de tan terrible estado. A pesar del inicial estupor que la visión de su madre en aquella situación había provocado en ella, la certeza de la imposibilidad de regresión obró el milagro de la asimilación. ¡Con qué aparente normalidad lo había aceptado, haciendo que fuera una parte más de su vida, de la que ahora llevaba…! Sabía que no podía ser de otra manera si quería sobrevivir.
Toni miró con aprobación el mango de madera de casi un metro que se había agenciado y lo blandió una par de veces, asintiendo satisfecho. Luego se volvió hacia Bea.
–Bueno, ¿tú que eliges? –la enfermera pareció no entender la pregunta. Entonces Toni, displicentemente, cogió el hacha con una mano y el gancho y el martillo con la otra.
–Estás loco… en mi vida le he levantado la mano a nadie…
–Mucho me temo que tendrás que empezar a hacerlo, o serás el siguiente plato en el menú del día…
Bea temblaba como un perrillo. Su mano se acercaba dubitativa a las herramientas que Toni exhibía como trofeos. No podía cogerlas. Le resultaba sencillamente imposible. La sola idea de golpear a alguien hacía que se ruborizara y se acelerara su ritmo cardiaco.
–No podré. Te juro que no podré…
–¿Aunque tu vida dependa de ello? ¿Aunque la vida de otra persona dependa de ello? ¿Aunque estés segura de que eso significaría la diferencia entre morir de una manera horrible y convertirte en uno de ellos o vivir una hora más, quizá un día, puede que dos o tres? Conocí en Madrid a algunos como tú, y cuando no les quedó más remedio eligieron vivir, créeme –se lo pensó durante un segundo–. Bueno, al menos la mayoría…
Toni sabía que estaba mintiendo descaradamente. Lo que en realidad había visto era personas histéricas y sin capacidad de reacción que, aunque hubieran tenido un arma de fuego en sus manos, lo más probable es que se hubieran dado un tiro fortuito en una pierna, tal era el pánico que se apoderaba de ellos en esas circunstancias. Gente que ya había muerto de miedo antes de que los dientes amarillos de esos engendros se clavaran en su carne. Gente que había sido incapaz de reaccionar ante el ataque de los deambulantes… Él y unos pocos más habían logrado escapar. Y, a esas alturas, solo podía dar fe de que únicamente él estaba vivo.

Sabía todo eso, y aun así mintió a la chica, porque también sabía que si algo había peor que enfrentarse a los deambulantes era tener que hacerlo al lado de personas presas de pánico. En ese instante se arrepintió de haber salvado a la chica… Hasta entonces él solo se había apañado bien. Y Bea no era precisamente un curtido legionario armado hasta el gorro… Pero era lo que había. Si quería salir de allí vivo debía unir su futuro, cualquiera que éste fuese, al de la enfermera, porque sin el coche podía considerarse ya muerto. Porque era ella la que sabía conducir...