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jueves, 13 de febrero de 2014

Primera parte. Cinco. 4

En realidad, el encuentro no fue como el que acababa de tener con el vecino. Fue bastante más fácil, aunque el susto se lo llevó igualmente. La dueña de la casa estaba sentada en el asiento de al lado del conductor, con una fea herida que ocupaba la mayor parte de lo que había sido su cuello. Enfrascado en la lucha por su vida contra el deambulante, no se había enterado de que no estaba solo. Los gemidos que oía eran los de la esposa, que, por suerte para él,  ni siquiera recordaba cómo desabrocharse el cinturón de seguridad.
Toni estaba cabreado, quería terminar con el asunto cuanto antes. Respiró profundamente varias veces, intentando recobrar el aliento y la serenidad. Después, resuelto, cogió las llaves del coche, que estaban puestas en el contacto, mientras mantenía a raya con el palo los brazos de la mujer, quien los agitaba sin control, intentando en vano agarrar al chaval… Volvió a la parte trasera del coche, abrió la tapa de la gasolina y metió por el conducto la manguera. Afuera asomaba un trozo de apenas medio metro. Suficiente, pensó.
Sin embargo, cuando ya se disponía a succionar por un extremo de la manguera para extraer la gasolina, pensó que quizá no fuera tan mala idea lo del claxon, después de todo. Esquivando los zarpazos de la muerta, metió la llave en el contacto y la giró. Sonó un chasquido quejumbroso por toda respuesta. No había tenido suerte.
* * *
Aun sabiendo que Bea debía de estar comiéndose las uñas, sola en el chalé, mientras escuchaba los arañazos que su madre producía al intentar abrir la trampilla de la bodega, Toni se tomó su tiempo para evitar meter la pata. Había aprendido que las cosas, si se quiere que salgan bien, hay que hacerlas despacio.
Por eso, lentamente, con parsimonia, casi como si fuera una liturgia, Toni puso en marcha la siguiente parte del plan: limpió en las ropas del muerto la sangre que manchaba el gancho y el palo, llenó el cubo de gasolina y, con la música de fondo de los rugidos de la dueña de la casa, abrió la puerta trasera y echó parte del combustible sobre los asientos. Hizo lo mismo delante, empapando a la vecina… Sacó su Zippo del bolsillo, lo encendió y prendió unas hojas del periódico que había cogido en la casa. El papel ardió rápidamente y Toni lo arrojó al interior del vehículo. Enseguida, un intenso calor le alcanzó el rostro. Cerró la puerta con un golpe suave y se quedó allí, de pie, esperando.
No pretendía que el coche explotara. Sabía que el depósito no iba a estallar, eso solo pasaba en las películas americanas. Si lo hacía, mejor, pero era muy improbable. Su verdadero propósito era hacer ruido, todo el que pudiera hacer volando el maldito Mercedes del maldito gigante muerto. Lo que buscaba realmente era provocar el estallido de otras partes del vehículo: el calor acumulado haría que explotasen los airbag, o las llantas, o la batería, o todo ello, si tenía suerte. También podía pasar que los gases liberados por el incendio, y acumulados en el interior del coche, provocaran otra pequeña explosión… Bueno, todo le servía, con tal de que hiciera ruido, el suficiente, al menos, para romper el silencio y para atraer hacia allí a los muertos.
Si todo iba bien, cuando la temperatura fuera la adecuada, se producirían las explosiones. Claro que esa previsión no era exactamente científica, y las partes del coche que debían explotar podían no hacerlo, reduciéndose todo a un simple incendio sin mayores consecuencias y, por supuesto, sin ruido. Pero cruzó los dedos. Además, con lo que sí podía contar era con la espesa humareda que provocaría el incendio, cuya efectividad ya había comprobado… Por si acaso, tenía que ponerse a cubierto antes de que se produjeran las explosiones. Consultó el plano de Viana y se orientó. Bueno, desde donde estaba le iba a resultar más fácil de lo que había previsto regresar a casa de Bea. Solo tenía que salir a la calle Jorge Manrique, justo la que cerraba el jardín por el lateral del aparcamiento donde estaba, ya que la parcela hacía esquina, y de allí a la carretera de Valdestillas, por la que había llegado a la entrada de la urbanización.
Era un camino recto, rápido, y que, sobre todo, le evitaría encontrarse con las hordas de deambulantes que no tardarían en llegar hasta allí atraídos por el ruido de la explosión, o por el humo del incendio, tanto le daba… Se alejó del coche, cruzó la distancia que le separaba de la verja que daba a la calle y se encaramó a ella. Esperó un poco más. Solo necesitaba dar un pequeño salto al otro lado y caminar en dirección al fondo de la calle, donde una valla metálica cerraba el paso hacia la carretera. Al fijarse mejor se dio cuenta de que ni siquiera tendría que saltarla: la puerta estaba completamente abierta.
Un ruido no demasiado fuerte le indicó que alguna de las partes del coche había explotado. Sonriendo, volvió la vista hacia el coche que ardía. En ese instante, la tremenda explosión retumbó en sus oídos…, y supo que algo había salido mal justo una fracción de segundo antes de que la onda expansiva lo alcanzase de lleno.