En
realidad, el encuentro no fue como el que acababa de tener con el vecino. Fue bastante más fácil,
aunque el susto se lo llevó igualmente. La dueña de la casa estaba sentada en
el asiento de al lado del conductor, con una fea herida que ocupaba la mayor
parte de lo que había sido su cuello. Enfrascado en la lucha por su vida contra
el deambulante, no se había enterado de que no estaba solo. Los gemidos que oía
eran los de la esposa, que, por suerte para él, ni siquiera
recordaba cómo desabrocharse el cinturón de seguridad.
Toni
estaba cabreado, quería terminar con el asunto cuanto antes. Respiró
profundamente varias veces, intentando recobrar el aliento y la serenidad.
Después, resuelto, cogió las llaves del coche, que estaban puestas en el
contacto, mientras mantenía a raya con el palo los brazos de la mujer, quien
los agitaba sin control, intentando en vano agarrar al chaval… Volvió a
la parte trasera del coche, abrió la tapa de la gasolina y metió por el conducto
la manguera. Afuera asomaba un trozo de apenas medio metro. Suficiente, pensó.
Sin
embargo, cuando ya se disponía a succionar por un extremo de la manguera para
extraer la gasolina, pensó que quizá no fuera tan mala idea lo del claxon,
después de todo. Esquivando los zarpazos de la muerta, metió la llave en el
contacto y la giró. Sonó un chasquido quejumbroso por toda respuesta. No había
tenido suerte.
* * *
Aun
sabiendo que Bea debía de estar comiéndose las uñas, sola en el chalé, mientras
escuchaba los arañazos que su madre producía al intentar abrir la trampilla de
la bodega, Toni se tomó su tiempo para evitar meter la pata. Había aprendido
que las cosas, si se quiere que salgan bien, hay que hacerlas despacio.
Por eso,
lentamente, con parsimonia, casi como si fuera una liturgia, Toni puso en marcha la siguiente parte del plan: limpió en las ropas del muerto
la sangre que manchaba el gancho y el palo, llenó el cubo de gasolina y, con la
música de fondo de los rugidos de la dueña de la casa, abrió la puerta trasera
y echó parte del combustible sobre los asientos. Hizo lo
mismo delante, empapando a la vecina… Sacó su Zippo del bolsillo, lo encendió y
prendió unas hojas del periódico que había cogido en la casa. El papel ardió
rápidamente y Toni lo arrojó al interior del vehículo. Enseguida, un intenso
calor le alcanzó el rostro. Cerró la puerta con un golpe suave y se quedó allí,
de pie, esperando.
No
pretendía que el coche explotara. Sabía que el depósito no iba a estallar, eso
solo pasaba en las películas americanas. Si lo hacía, mejor, pero era muy
improbable. Su verdadero propósito era hacer ruido, todo el que pudiera hacer volando el maldito Mercedes del maldito
gigante muerto. Lo que buscaba realmente era provocar el estallido de
otras partes del vehículo: el calor acumulado haría que explotasen los airbag,
o las llantas, o la batería, o todo ello, si tenía suerte. También podía pasar
que los gases liberados por el incendio, y acumulados en el interior del coche,
provocaran otra pequeña explosión… Bueno, todo le servía, con tal de que
hiciera ruido, el suficiente, al menos, para romper el silencio y para atraer hacia allí a los muertos.
Si todo
iba bien, cuando la temperatura fuera la adecuada, se producirían las explosiones.
Claro que esa previsión no era exactamente científica, y las partes del coche que debían explotar podían no hacerlo,
reduciéndose todo a un simple incendio sin mayores consecuencias y, por
supuesto, sin ruido. Pero cruzó los dedos. Además, con lo que sí podía contar
era con la espesa humareda que provocaría el incendio, cuya efectividad ya
había comprobado… Por si acaso, tenía que ponerse a cubierto antes de que se
produjeran las explosiones. Consultó el plano de Viana y se orientó. Bueno,
desde donde estaba le iba a resultar más fácil de lo que había previsto regresar
a casa de Bea. Solo tenía que salir a la calle Jorge Manrique, justo la que
cerraba el jardín por el lateral del aparcamiento donde estaba, ya que la
parcela hacía esquina, y de allí a la carretera de Valdestillas, por la que
había llegado a la entrada de la urbanización.
Era un
camino recto, rápido, y que, sobre todo, le evitaría encontrarse con las hordas
de deambulantes que no tardarían en llegar hasta allí atraídos por el ruido de
la explosión, o por el humo del incendio, tanto le daba… Se alejó del coche, cruzó
la distancia que le separaba de la verja que daba a la calle y se encaramó a ella.
Esperó un poco más. Solo necesitaba dar un pequeño salto al otro lado y caminar
en dirección al fondo de la calle, donde una valla metálica cerraba el paso
hacia la carretera. Al fijarse mejor se dio cuenta de que ni siquiera tendría
que saltarla: la puerta estaba completamente abierta.
Un ruido
no demasiado fuerte le indicó que alguna de las partes del coche había
explotado. Sonriendo, volvió la vista hacia el coche que ardía. En ese
instante, la tremenda explosión retumbó en sus oídos…, y supo que algo había
salido mal justo una fracción de segundo antes de que la onda expansiva lo alcanzase
de lleno.