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martes, 11 de febrero de 2014

Primera parte. Cinco. 3

Recobró el conocimiento tan rápidamente como lo había perdido, con la sensación, además, de estar en medio de una de esas películas antiguas que parecían rodadas a más velocidad de la normal. Solo que ese efecto de rapidez irreal se terminó bruscamente, fruto de la escena que podía contemplar desde su poco decorosa posición sobre la mullida hierba, porque, prácticamente a cuatro patas, estaba viendo, tan aturdido por el golpe como paralizado por el miedo, cómo el puto muerto que estaba sentado en el lado del conductor pugnaba por salir del coche. Era un tío inmenso, de dos metros o casi, que rozaba la cincuentena y se conservaba aparentemente bien… para llevar muerto unos cuantos meses. Solo una mordedura en el brazo izquierdo, cubierta de sangre reseca, indicaba por dónde se le había acabado la suerte.
Toni estaba espantado. Su inconsciencia no podía haber durado más de diez segundos, es decir, debía de haber sucedido todo (el susto, la caída, la pérdida de conocimiento –o quizá al revés, primero el desmayo y luego la caída, no era capaz de recordar el orden correcto– y su vuelta en sí) prácticamente sin solución de continuidad, o de lo contrario no estaría allí pensando todo eso, no al menos de una pieza, porque el muerto, tarde o temprano, acabaría por salir del coche.
No acertaba a incorporarse y tampoco recordaba dónde había dejado el mango del pico. Por suerte para él, el vecino del Mercedes no estaba en su mejor momento, y no cejaba en su empeño, entre los gruñidos amenazantes que dirigía al joven, por salir del vehículo. Su elevada estatura hacía que se golpeara la cabeza con la parte superior del coche, lo cual, unido a su aparente torpeza en las piernas, lo habría convertido, en otras circunstancias, en un blanco fácil para alguien resuelto a terminar con él.
Pero Toni también luchaba contra la torpe reacción de su propio cuerpo. Finalmente, logró levantarse, sintiendo sus piernas temblar y sus pantalones mojados por la humedad del suelo. ¿Dónde mierda estaba el palo? De pie, delante de la puerta abierta del coche, no se dio cuenta de que, en caso de haber reparado en que lo llevaba metido en la mochila que le colgaba en la espalda, tampoco le habría servido de mucho. ¿Cómo golpear a un deambulante en la cabeza dentro de un coche? Quizá habría que escribir un manual sobre eso…
Recordó, en cambio, mientras abrigaba alguna ingenua esperanza de que los segundos que faltaban para que el grandullón lograra poner los pies en el suelo se estiraran hasta convertirse en minutos, o mejor, en horas, que tenía el gancho de la chimenea colgado del cinturón. Lo agarró y trató de clavárselo en la cabeza al tipo, quien presumblemente sería el dueño del chalé, pero ni el ángulo era el adecuado ni su pulso tenía aún la firmeza necesaria. Únicamente consiguió arrancar chispas de la chapa y un rugido de la garganta del monstruo, al tiempo que notaba el efecto rebote del golpe, como un latigazo, recorriéndole todo el brazo.
Por fin el deambulante, trastabillando, consiguió salir del Mercedes. Toni le lanzó un nuevo golpe que, ahora sí, impactó contra él, aunque el gancho falló por muy poco su diana en la cabeza y acabó clavándose en el cuello. Un impresionante chorro de sangre oscurísima brotó de inmediato, indicando la lesión en los vasos principales. Pero eso no detuvo al muerto, quien, desentendiéndose del gancho, estiraba el otro brazo en dirección a Toni. El chico retrocedió dos pasos mirando desesperadamente a su alrededor, buscando algo… ¡Joder, qué grande era el tío! Aunque hubiera tenido el palo a mano dudaba de que le pudiera golpear con efectividad en la cabeza, tal era su altura.
Tropezó con sus propios pies y cayó de nuevo sobre la hierba. El mango del pico se salió de la mochila y rodó junto a su costado por el suelo. Toni lo vio, lo cogió rápidamente, aferrándose a él como si se tratara de un salvavidas, y lanzó un golpe casi a ciegas contra la mole que se le venía encima. Un chasquido horrible resonó en el jardín. La respiración entrecortada de Toni y los gruñidos del ser se entremezclaban de fondo. La rodilla del deambulante estaba destrozada, y todo su peso amenazaba con derrumbarse sobre el chaval al fallarle el apoyo de la pierna.
Toni rodó sobre sí mismo un par de veces, viendo girar la hierba alocadamente bajo sus ojos. La siguiente visión fue la del deambulante cayendo pesadamente justo donde él se encontraba un segundo antes. El chaval se levantó y descargó un terrorífico golpe sobre la cabeza medio calva del vecino, agarrando el palo con ambas manos. Sonó un siniestro crujido y comenzó a brotar sangre del cráneo abierto. El deambulante aún se volvió, apoyándose sobre su espalda, intentando levantarse. Toni le lanzó un segundo golpe, abriéndole el hueso frontal, de modo que la costura occipital pudo entonces continuar por la frente... Un tercer golpe acabó con la resistencia del ser, cuyos sesos se esparcieron por su horrible cara.
Toni se detuvo a coger aire, resoplando. Se inclinó para comprobar el resultado de su encontronazo, y empujó con el palo el costado del deambulante. Parecía que no se movía ya. Pero Toni seguía oyendo gemidos. Probablemente la presión en sus sienes le hacía escuchar zumbidos y toda clase de ruidos. Recobrando el aliento, se giró en dirección al coche para coger las llaves, y entonces la pesadilla volvió a empezar.