Recobró el
conocimiento tan rápidamente como lo había perdido, con la sensación, además,
de estar en medio de una de esas películas antiguas que parecían rodadas a más
velocidad de la normal. Solo que ese efecto de rapidez irreal se terminó bruscamente,
fruto de la escena que podía contemplar desde su poco decorosa posición sobre la
mullida hierba, porque, prácticamente a cuatro patas, estaba viendo, tan aturdido
por el golpe como paralizado por el miedo, cómo el puto muerto que estaba sentado
en el lado del conductor pugnaba por salir del coche. Era un tío inmenso, de
dos metros o casi, que rozaba la cincuentena y se conservaba aparentemente
bien… para llevar muerto unos cuantos meses. Solo una mordedura en el brazo
izquierdo, cubierta de sangre reseca, indicaba por dónde se le había acabado la
suerte.
Toni
estaba espantado. Su inconsciencia no podía haber durado más de diez segundos, es
decir, debía de haber sucedido todo (el susto, la caída, la pérdida de
conocimiento –o quizá al revés, primero el desmayo y luego la caída, no era
capaz de recordar el orden correcto– y su vuelta en sí) prácticamente sin
solución de continuidad, o de lo contrario no estaría allí pensando todo eso,
no al menos de una pieza, porque el muerto, tarde o temprano, acabaría por
salir del coche.
No
acertaba a incorporarse y tampoco recordaba dónde había dejado el mango del
pico. Por suerte para él, el vecino del Mercedes no estaba en su mejor momento,
y no cejaba en su empeño, entre los gruñidos amenazantes que dirigía al joven,
por salir del vehículo. Su elevada estatura hacía que se golpeara la cabeza con
la parte superior del coche, lo cual, unido a su aparente torpeza en las
piernas, lo habría convertido, en otras circunstancias, en un blanco fácil para
alguien resuelto a terminar con él.
Pero Toni
también luchaba contra la torpe reacción de su propio cuerpo. Finalmente, logró
levantarse, sintiendo sus piernas temblar y sus pantalones mojados por la
humedad del suelo. ¿Dónde mierda estaba el palo? De pie, delante de la puerta
abierta del coche, no se dio cuenta de que, en caso de haber reparado en que lo
llevaba metido en la mochila que le colgaba en la espalda, tampoco le habría
servido de mucho. ¿Cómo golpear a un deambulante en la cabeza dentro de un
coche? Quizá habría que escribir un manual sobre eso…
Recordó,
en cambio, mientras abrigaba alguna ingenua esperanza de que los segundos que
faltaban para que el grandullón lograra poner los pies en el suelo se estiraran
hasta convertirse en minutos, o mejor, en horas, que tenía el gancho de la
chimenea colgado del cinturón. Lo agarró y trató de clavárselo en la cabeza al tipo,
quien presumblemente sería el dueño del chalé, pero ni el ángulo era el
adecuado ni su pulso tenía aún la firmeza necesaria. Únicamente consiguió
arrancar chispas de la chapa y un rugido de la garganta del monstruo, al tiempo
que notaba el efecto rebote del golpe, como un latigazo, recorriéndole todo el
brazo.
Por fin el
deambulante, trastabillando, consiguió salir del Mercedes. Toni le lanzó un
nuevo golpe que, ahora sí, impactó contra él, aunque el gancho falló por muy
poco su diana en la cabeza y acabó clavándose en el cuello. Un impresionante
chorro de sangre oscurísima brotó de inmediato, indicando la lesión en los
vasos principales. Pero eso no detuvo al muerto, quien, desentendiéndose del
gancho, estiraba el otro brazo en dirección a Toni. El chico retrocedió dos
pasos mirando desesperadamente a su alrededor, buscando algo… ¡Joder, qué
grande era el tío! Aunque hubiera tenido el palo a mano dudaba de que le
pudiera golpear con efectividad en la cabeza, tal era su altura.
Tropezó
con sus propios pies y cayó de nuevo sobre la hierba. El mango del pico se
salió de la mochila y rodó junto a su costado por el suelo. Toni lo vio, lo
cogió rápidamente, aferrándose a él como si se tratara de un salvavidas, y
lanzó un golpe casi a ciegas contra la mole que se le venía encima. Un chasquido
horrible resonó en el jardín. La respiración entrecortada de Toni y los
gruñidos del ser se entremezclaban de fondo. La rodilla del deambulante estaba
destrozada, y todo su peso amenazaba con derrumbarse sobre el chaval al
fallarle el apoyo de la pierna.
Toni rodó
sobre sí mismo un par de veces, viendo girar la hierba alocadamente bajo sus
ojos. La siguiente visión fue la del deambulante cayendo pesadamente justo
donde él se encontraba un segundo antes. El chaval se levantó y descargó un
terrorífico golpe sobre la cabeza medio calva del vecino, agarrando el palo con
ambas manos. Sonó un siniestro crujido y comenzó a brotar sangre del cráneo
abierto. El deambulante aún se volvió, apoyándose sobre su espalda, intentando levantarse.
Toni le lanzó un segundo golpe, abriéndole el hueso frontal, de modo que la costura
occipital pudo entonces continuar por la frente... Un tercer golpe acabó con la
resistencia del ser, cuyos sesos se esparcieron por su horrible cara.
Toni se
detuvo a coger aire, resoplando. Se inclinó para comprobar el resultado de su
encontronazo, y empujó con el palo el costado del deambulante. Parecía que no
se movía ya. Pero Toni seguía oyendo gemidos. Probablemente la presión en sus
sienes le hacía escuchar zumbidos y toda clase de ruidos. Recobrando el
aliento, se giró en dirección al coche para coger las llaves, y entonces la
pesadilla volvió a empezar.