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sábado, 8 de febrero de 2014

Primera parte. Cinco. 2

Retrocedió unos metros, los suficientes para quedar fuera del alcance de la mirada vacía de los muertos, y cruzó a la carrera y agachado la calle de entrada a El Coto. Llegó a la otra acera, y saltó rápidamente la puerta doble de barrotes de hierro negro. La casa era enorme, de dos plantas construidas con ladrillo rojo. Tenía tres grandes buhardillas acristaladas, y tres grandes chimeneas coronaban el tejado. Ya en el jardín, respiró agitadamente mientras permanecía inmóvil unos instantes, escudriñando alrededor. Nada.
Dudó entre entrar en la casa o avanzar hasta la medianera del próximo chalé. Finalmente se decidió por la última opción, sabiendo que desaprovechaba una buena ocasión de encontrar algo útil dentro de aquella casa. O quizá no. Mientras se encaramaba al seto de separación, le daba vueltas sin cesar a qué podría hacer para armar el follón que apartara a los deambulantes del chalé de Bea.
La siguiente casa era mucho más modesta, de una planta. Se detuvo nada más poner los pies en el suelo, convertido en una especie de salvaje selva de arbustos enmarañados. Silencio. Solo el rumor, más amortiguado, de los deambulantes. Se estaba alejando de ellos. Pero no lo suficiente aún. Sacó el plano del bolsillo y lo desplegó. Según las indicaciones, se encontraba en la calle de Miguel Hernández. Se acercó al muro que daba afuera. Con gran precaución atisbó por encima de la obra de celosía que cerraba el paramento. Desde allí aún se podía ver, ya más lejos, la marea de muertos frente a la casa de Bea. No era el lugar adecuado. Pensó que si quería tener alguna probabilidad de éxito debía alejarlos lo suficiente como para que no se encontraran en el ángulo visual del coche de la chica cuando ella saliera de la casa. Tenía que avanzar, pues, un poco más.
Una nueva valla medianera, esta vez solo de alambre. Un nuevo chalé, de una planta, con paredes blancas y tejado de pizarra negra. Caviló si sería buena idea entrar a ver qué encontraba. Quizá hubiera armas de fuego, y con ellas podría hacer mucho, mucho ruido. Pero las probabilidades de que esos vecinos que intentaban comérselos a Bea y a él tuvieran armas eran remotas, a no ser que se tratara de cazadores. No estaban en América, después de todo, y la gente no iba por la calle matándose a tiros. Ese pensamiento le trajo a la cabeza una sarcástica reflexión: «Desde luego que no. Aquí nos matamos a mordiscos».
Desechó la idea, sobre todo por el riesgo que implicaba encontrarse con algún deambulante encerrado en su propia casa, y las explicaciones que tendría que darle por irrumpir en ella sin permiso... No. Además, eso le retrasaría. Continuó avanzando. Cruzó el jardín, pegado al muro de la calle, y pasó al siguiente saltando la pequeña valla medianera. La casa parecía idéntica a la anterior, aunque algo más pequeña. No estaba seguro…
Quizá ése fuera un buen lugar para culminar su plan. Ni demasiado cerca del coche como para que se viera desde allí, ni tan lejos que le llevara un tiempo excesivo regresar. Pero, ¿qué haría para atraer la atención de todos esos monstruos del infierno? Eso, que era el núcleo de todo el plan, aún no lo tenía pensado. Miró alrededor, sintiéndose inquieto y asustado, pero hizo esfuerzos por contener su miedo, porque no podía permitirse el lujo de perder el control; pero no vio nada de particular que lo inspirara. Solo una casa blanca, solo un jardín descuidado… Lo cruzó y… al otro lado de la espesa hilera de arbustos se abría la calle. Mejor no seguir por ahí, se dijo. Se dirigió entonces a la parte trasera de la parcela. Tras luchar con el espeso y alto seto vio otro jardín, otra casa… Saltó la valla y caminó hacia el chalé.
Todo parecía tranquilo. No se escuchaba nada salvo el suave rumor del viento entre las ramas. Ni siquiera se oían ya los terribles lamentos de los deambulantes. Era como si ni siquiera existieran. Pisó el porche de baldosas rojas mojadas, acercándose con precaución a la puerta de la casa. Estaba entornada. Tras meditarlo unos segundos, Toni decidió arriesgarse. No quería ir más lejos. Tenía que intentar algo allí mismo. Así que empujó la puerta poco a poco con el mango del pico. La hoja se resistió al principio, y solo después de un chirrido desagradable de las herrumbrosas bisagras, expuestas a la intemperie desde hacía meses, fue dejando ver el interior.
Un salón en estilo rústico le recibió. Su sólido y acogedor aspecto parecía estar invitándole a entrar, a quedarse. Todas las ventanas estaban cerradas con contraventanas. Puede que sus dueños no quisieran sorpresas… Avanzó despacio, tanteando las paredes con el palo. La cocina estaba desierta. Fue abriendo los armarios, y encontró gran cantidad de comida enlatada, agua mineral, muchas cervezas y varios sacos de patatas que estaban medio podridas. Al parecer, los propietarios de la casa habían hecho una abundante compra antes del terrible suceso. Llenó la mochila que llevaba a la espalda con todas las latas de conservas que pudo. Aun con el peso que ello comportaba, se atrevió a inspeccionar el resto de la casa, incluido el piso superior. Nada en especial llamó su atención. Ni rastro de personas, vivas o muertas… o a medio camino. Por supuesto, no había armas. Solo una colección de palos de golf. Toni cogió uno y lo sopesó, comparándolo con el palo de madera que llevaba. Parecía una buena herramienta, pero prefirió quedarse con su palo...
Salió al porche, descorazonado. El viento de noviembre le acarició las mejillas y se enredó en sus greñas oscuras. Le iba haciendo falta un corte de pelo. Miró a ambos lados y echó a andar a su izquierda. Al llegar a la esquina lo vio. Bajo el sotechado del aparcamiento abierto, que era una prolongación del propio tejado de pizarra del chalé, el Mercedes parecía en perfecto estado. Plateado, con cristales oscuros, aún con finas gotas de lluvia salpicando los bajos de la carrocería en el lado expuesto al jardín.
Entonces Toni tuvo una revelación, supo qué iba a hacer para atraer hasta allí a los deambulantes. Él no sabía conducir, aunque, si le fuera la vida en ello, quizá se atrevería a ponerse al volante de un automóvil. Pero el hecho de no saber conducir un coche no significaba que no supiera volarlo. Ya tenía lo que necesitaba. Ahora solo cabía esperar que hubiera gasolina en el depósito. Regresó a la casa y rebuscó hasta encontrar un trozo de manguera, un cubo y papel. Durante un instante, recordando el episodio del autocar de la otra noche, pensó que quizá no hiciera falta incendiar el Mercedes. Bastaría con hacer sonar el claxon durante un rato para atraer a todos los muertos de la urbanización… suponiendo que la batería no estuviera agotada, claro. Pero, después de tanto tiempo… No. Puede que el incendio fuera mejor idea, al fin y al cabo.
Volvió resuelto al coche y levantó la tapa del depósito. Mierda. El tapón era de llave. Si tenía suerte, estarían puestas en el contacto. Si no, tendría que buscarlas en la casa o, quizá, reventar la tapa, porque necesitaba la gasolina para su plan. Dio la vuelta al coche, que estaba estacionado mirando a la pared que cerraba el lateral del chalé, y se dirigió hacia la puerta del conductor. Los cristales estaban empañados. Tiró de la manilla y… dio un salto hacia atrás que le hizo perder el equilibrio.