Retrocedió
unos metros, los suficientes para quedar fuera del alcance de la mirada vacía
de los muertos, y cruzó a la carrera y agachado la calle de entrada a El Coto.
Llegó a la otra acera, y saltó rápidamente la puerta
doble de barrotes de hierro negro. La casa era enorme, de dos plantas construidas
con ladrillo rojo. Tenía tres grandes buhardillas acristaladas, y tres grandes
chimeneas coronaban el tejado. Ya en el jardín, respiró agitadamente mientras
permanecía inmóvil unos instantes, escudriñando alrededor. Nada.
Dudó entre
entrar en la casa o avanzar hasta la medianera del próximo chalé. Finalmente se
decidió por la última opción, sabiendo que desaprovechaba una buena ocasión de
encontrar algo útil dentro de aquella casa. O quizá no. Mientras se encaramaba
al seto de separación, le daba vueltas sin cesar a qué podría hacer para armar
el follón que apartara a los deambulantes del chalé de Bea.
La
siguiente casa era mucho más modesta, de una planta. Se detuvo nada más poner
los pies en el suelo, convertido en una especie de salvaje selva de arbustos
enmarañados. Silencio. Solo el rumor, más amortiguado, de los deambulantes. Se
estaba alejando de ellos. Pero no lo suficiente aún. Sacó el plano del bolsillo
y lo desplegó. Según las indicaciones, se encontraba en la calle de Miguel
Hernández. Se acercó al muro que daba afuera. Con gran precaución atisbó por
encima de la obra de celosía que cerraba el paramento. Desde allí aún se podía
ver, ya más lejos, la marea de muertos frente a la casa de Bea. No era el lugar
adecuado. Pensó que si quería tener alguna probabilidad de éxito debía
alejarlos lo suficiente como para que no se encontraran en el ángulo visual del
coche de la chica cuando ella saliera de la casa. Tenía que avanzar, pues, un
poco más.
Una nueva
valla medianera, esta vez solo de alambre. Un nuevo chalé, de una planta, con
paredes blancas y tejado de pizarra negra. Caviló si sería buena idea entrar a
ver qué encontraba. Quizá hubiera armas de fuego, y con ellas podría hacer
mucho, mucho ruido. Pero las probabilidades de que esos vecinos que intentaban
comérselos a Bea y a él tuvieran armas eran remotas, a no ser que se tratara de
cazadores. No estaban en América, después de todo, y la gente no iba por la
calle matándose a tiros. Ese pensamiento le trajo a la cabeza una sarcástica reflexión: «Desde luego que no. Aquí nos matamos a
mordiscos».
Desechó la
idea, sobre todo por el riesgo que implicaba encontrarse con algún deambulante
encerrado en su propia casa, y las explicaciones que tendría que darle por
irrumpir en ella sin permiso... No. Además, eso le retrasaría. Continuó
avanzando. Cruzó el jardín, pegado al muro de la calle, y pasó al siguiente
saltando la pequeña valla medianera. La casa parecía idéntica a la anterior,
aunque algo más pequeña. No estaba seguro…
Quizá ése
fuera un buen lugar para culminar su plan. Ni demasiado cerca del coche como
para que se viera desde allí, ni tan lejos que le llevara un tiempo excesivo
regresar. Pero, ¿qué haría para atraer la atención de todos esos monstruos del
infierno? Eso, que era el núcleo de todo el plan, aún no lo tenía pensado. Miró
alrededor, sintiéndose inquieto y asustado, pero hizo esfuerzos por contener su miedo,
porque no podía permitirse el lujo de perder el control; pero no vio nada de particular
que lo inspirara. Solo una casa blanca, solo un jardín descuidado… Lo cruzó y…
al otro lado de la espesa hilera de arbustos se abría la calle. Mejor no seguir
por ahí, se dijo. Se dirigió entonces a la parte trasera de la parcela. Tras
luchar con el espeso y alto seto vio otro jardín, otra casa… Saltó la valla y
caminó hacia el chalé.
Todo
parecía tranquilo. No se escuchaba nada salvo el suave rumor del viento entre
las ramas. Ni siquiera se oían ya los terribles lamentos de los deambulantes.
Era como si ni siquiera existieran. Pisó el porche de baldosas rojas mojadas,
acercándose con precaución a la puerta de la casa. Estaba entornada. Tras
meditarlo unos segundos, Toni decidió arriesgarse. No quería ir más lejos.
Tenía que intentar algo allí mismo. Así que empujó la puerta poco a poco con el
mango del pico. La hoja se resistió al principio, y solo después de un chirrido
desagradable de las herrumbrosas bisagras, expuestas a la intemperie desde
hacía meses, fue dejando ver el interior.
Un salón
en estilo rústico le recibió. Su sólido y acogedor aspecto parecía estar invitándole
a entrar, a quedarse. Todas las ventanas estaban cerradas con contraventanas.
Puede que sus dueños no quisieran sorpresas… Avanzó despacio, tanteando las
paredes con el palo. La cocina estaba desierta. Fue abriendo los armarios, y
encontró gran cantidad de comida enlatada, agua mineral, muchas cervezas y
varios sacos de patatas que estaban medio podridas. Al parecer, los
propietarios de la casa habían hecho una abundante compra antes del terrible
suceso. Llenó la mochila que llevaba a la espalda con todas las latas de conservas
que pudo. Aun con el peso que ello comportaba, se atrevió a inspeccionar el
resto de la casa, incluido el piso superior. Nada en especial llamó su
atención. Ni rastro de personas, vivas o muertas… o a medio camino. Por supuesto,
no había armas. Solo una colección de palos de golf. Toni cogió uno y lo sopesó, comparándolo con el palo de madera que llevaba. Parecía una buena herramienta, pero prefirió quedarse con su palo...
Salió al
porche, descorazonado. El viento de noviembre le acarició las mejillas y se enredó
en sus greñas oscuras. Le iba haciendo falta un corte de pelo. Miró a ambos
lados y echó a andar a su izquierda. Al llegar a la esquina lo vio. Bajo el sotechado
del aparcamiento abierto, que era una prolongación del propio tejado de pizarra
del chalé, el Mercedes parecía en perfecto estado. Plateado, con cristales
oscuros, aún con finas gotas de lluvia salpicando los bajos de la carrocería en
el lado expuesto al jardín.
Entonces
Toni tuvo una revelación, supo qué iba a hacer para atraer hasta allí a los
deambulantes. Él no sabía conducir, aunque, si le fuera la vida en ello, quizá
se atrevería a ponerse al volante de un automóvil. Pero el hecho de no saber
conducir un coche no significaba que no supiera volarlo. Ya tenía lo que
necesitaba. Ahora solo cabía esperar que hubiera gasolina en el depósito.
Regresó a la casa y rebuscó hasta encontrar un trozo de manguera, un cubo y
papel. Durante un instante, recordando el episodio del autocar de la otra
noche, pensó que quizá no hiciera falta incendiar el Mercedes. Bastaría con hacer
sonar el claxon durante un rato para atraer a todos los muertos de la
urbanización… suponiendo que la batería no estuviera agotada, claro. Pero,
después de tanto tiempo… No. Puede que el incendio fuera mejor idea, al fin y
al cabo.
Volvió
resuelto al coche y levantó la tapa del depósito. Mierda. El tapón era de
llave. Si tenía suerte, estarían puestas en el contacto. Si no, tendría que
buscarlas en la casa o, quizá, reventar la tapa, porque necesitaba la gasolina
para su plan. Dio la vuelta al coche, que estaba estacionado mirando a la pared
que cerraba el lateral del chalé, y se dirigió hacia la puerta del conductor.
Los cristales estaban empañados. Tiró de la manilla y… dio un salto hacia atrás
que le hizo perder el equilibrio.