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miércoles, 5 de febrero de 2014

Primera parte. Cinco. 1

No había sido demasiado difícil, de momento. Quizá lo más complicado fue convencer de nuevo a Bea para que se quedara en la casa mientras él ejecutaba su plan. Le había dicho que tan pronto como escuchara el ruido –no debía preocuparse, lo oiría–, cogiera el agua y la comida que les quedaba, así como la mochila cargada con las pocas cosas que habían reunido, y se apresurara a entrar en el coche en cuanto estuviera segura de que no quedaban deambulantes a la vista.
Quizá el motor tardara en arrancar, porque el vehículo llevaba varios días parado a la intemperie con temperaturas muy bajas, aunque por suerte no había helado. Le dijo que lo mantuviera encendido y con el seguro echado, aguardando su llegada. Y también le dijo, finalmente, que si diez minutos después de haber arrancado, él aún no había vuelto, eso significaría que el plan no había salido bien, y que por nada del mundo se le ocurriera esperarle más tiempo, porque quizá no tendría otra oportunidad de escapar. Bea le había escuchado en silencio, con los ojos levemente brillantes por las lágrimas que se esforzaba en contener. La decisión del joven era tal, y tanta su seguridad al hablar, que no se atrevió a contradecirle, a pesar de que le aterraba la idea de quedarse sola en casa. Pero, sobre todo, lo que verdaderamente provocaba en ella pánico era que pudiera pasarle algo a él, porque entonces sí que estaría completamente sola.
Toni había calculado que, una vez ocasionado el ruido de la forma que fuera, que de eso ya se ocuparía cuando llegara el momento, y aunque ningún deambulante ganaría jamás la carrera olímpica de cien metros lisos, no eran tan lentos como para tardar más de cinco minutos en llegar al lugar en cuestión, teniendo sobre todo en cuenta que no iba a montar la fiesta demasiado lejos del chalé de Bea. No podía estar seguro de que todos los aspectos del plan fueran a salir según lo previsto, y sabía que, en cuanto empezara el jaleo y los deambulantes se pusieran en camino, él mismo debía hacer lo propio pero en sentido contrario. Aún no sabía cómo y si debería dar un rodeo para esquivar a la mayoría. Además, era preferible permanecer fuera de su vista para no atraerlos de nuevo de vuelta al chalé. Sumando todas esas variables, así como la más que probable indecisión de Bea a la hora de salir de la casa y arrancar el coche, calculó que diez minutos era un margen suficiente de tiempo para regresar, dadas las circunstancias.
Hasta ahí la teoría. Pero a él lo que más le interesaba del asunto eran los resultados prácticos, de modo que era ya hora de ponerse en marcha.
* * *
Con el mango del pico como única arma, y después de haber comprobado, desde una ventana del piso de arriba, que el camino estaba despejado, Toni salió todo lo sigilosamente que pudo por la puerta trasera del chalé y saltó el muro cubierto de leylandis, enganchándose un par de veces los pantalones vaqueros. Su pulso y su respiración se aceleraron inmediatamente, y fue incapaz de reprimir la sensación de estar en peligro, aunque no lo pareciera en esos momentos, puesto que los deambulantes no se habían enterado en absoluto de que había salido de la casa.
Era temprano. Había dejado de llover, pero el sol continuaba cubierto por las nubes y hacía un frío húmedo. El suelo aún estaba mojado. Pegado al muro de piedra, avanzó en dirección a la entrada de la urbanización desde la carretera de Valdestillas, que así se llamaba pomposamente ese camino, según constaba en el plano. Al doblar la esquina, justo en la parcela donde había volcado el autocar, se detuvo para echar un rápido vistazo. Ante él se abría una amplia calle con dos carriles separados por una mediana ajardinada y unas chatas columnas de piedra coronadas con grandes farolas de forja. Recordaba vagamente haber pasado por ahí…
No se veían deambulantes, pero podía oír sus continuos gemidos, el roce de sus pisadas sobre el asfalto. Podía olerlos, incluso, a pesar del efecto de la lluvia recién caída sobre la tierra que aún impregnaba el aire. Pero no los veía. Eso era buena señal. Podría seguir adelante con su plan. Continuó andando despacio, agachado, agarrando con fuerza el palo, adentrándose cautelosamente en la urbanización con el corazón desbocado en su pecho. Llegó a la esquina y asomó muy despacio la cabeza. Joder. Allí estaban. Parecía una auténtica jauría humana vociferante, amenazadora, guiada por el más básico instinto animal: comer.
Llenaban la calle desde el autocar volcado hasta más allá de la parcela de Bea, ocupando también gran parte del jardín del club social, como ya había comprobado desde el piso superior del chalé. Entre trescientos y cuatrocientos, calculó. Dado que no podía avanzar hacia donde estaban ellos, su única opción era hacerlo en sentido contrario, alejándose de la casa de su joven compañera. Pero eso implicaba exponerse, quedar al descubierto, pues la calle discurría completamente abierta por un lateral del club, bordeando el aparcamiento y la pequeña capilla que había junto a él. Demasiado riesgo. Con que uno solo de los deambulantes captara su movimiento con el rabillo del ojo, sería el fin de todo su plan: paradójicamente, conseguiría el objetivo inicial, que era alejarlos de delante de la casa de Bea, pero al precio de que él tendría prácticamente imposible el regreso, y ya no podría sino huir miserablemente, sin poder elegir el terreno, sin una mínima oportunidad para hacer que algo explotara. Todas sus opciones de éxito pasaban por ser invisible para los muertos.
Toni pensaba rápidamente en una solución. Cruzar en diagonal todo ese espacio despejado hasta el otro lado de las piscinas que había en el club era tanto como darse un navajazo en la barriga y tumbarse a esperar la ambulancia… Eran más de cien metros en caída libre. Quedarse donde estaba, rezando, él, que era ateo, para que ocurriera algo, tampoco era viable, porque en cualquier momento, cualquier deambulante rezagado del grupo o algún aventurero, podían descubrirlo. Solo se le ocurrió cruzar la calle hasta la otra esquina, fuera aún de la vista de los deambulantes, y asaltar el chalé que había allí, confiando en que no hubiera inquilinos. Eso tendría como consecuencia inmediata que ya no dispondría de una panorámica tan amplia como la que en esos momentos tenía de la calle. Pero era mejor que nada.