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lunes, 6 de enero de 2014

Primera parte. Uno. 1

Silencio. Solamente los apagados gemidos a su alrededor y el continuo arrastrar de pesados pies se escuchaban en el aire de la noche. Aunque la luna estaba en cuarto creciente, ya casi llena, un velo de nubes altas difuminaba su luz y hacía que llegara a la superficie tenue, distante… La pestilencia era tan grande que incluso sus narices, acostumbradas a la náusea, protestaban ante tanta podredumbre. Pero había que aguantar. Aún un poco más. Lo suficiente para que las criaturas se dieran por vencidas y se dispersaran. Claro que eso podía llevar horas…
Bea pensaba todo esto mientras contemplaba, tumbada en el suelo bajo varios cadáveres en proceso de putrefacción, a los deambulantes que estaban en su ángulo de visión. Siete, ocho, nueve… no, doce. Eran una docena en total. Mierda. No tenía ninguna probabilidad frente a ellos. Solo podía hacer una cosa inteligente: esperar. Aunque todos sus sentidos le decían que diera un brinco y saliera corriendo, alejándose de allí como fuera, sabía que no daría ni diez pasos antes de tener sobre ella al menos a un par de engendros, y eso si lograba esquivar al resto… No. Decididamente, debía quedarse, soportando el indescriptible hedor de la pila de muertos bajo la que se había tenido que esconder al darse cuenta de que todas las vías de escape estaban bloqueadas por ellos.
Suerte había tenido de colarse allí en el último segundo, justo antes de que el primer muerto apareciera por la esquina del club social. Podía oírles mientras se acercaban, percibía el nauseabundo aroma que les precedía, pero, tras mirar desesperadamente a todas partes, no localizó ningún otro escondite que le permitiera sustraerse a su atención, de modo que se lanzó bajo los cuerpos sin vida mascullando maldiciones. Debía sobrevivir. Aunque tan solo fuera una hora más, unos minutos más…
De pronto, uno de los monstruos pareció girar sobre sí en una extraña pirueta y se quedó inmóvil mirando en dirección al montón de cuerpos que la protegía. Aterrada, por un momento pensó que la había visto, que la había sentido… Tratando de contener el corazón que se desbocaba para que el deambulante no pudiera oír su acelerado palpitar, contuvo incluso la respiración. El muerto dio dos pasos vacilantes en su dirección, pero entonces, perdido quizá el poco interés que los cadáveres amontonados en descomposición le habían suscitado, volvió a girar y se dirigió hacia la explanada del aparcamiento, donde el resto de deambulantes se dispersaban entre espeluznantes ruidos.
Aguantando el peso de los cuerpos sobre ella, Bea se hizo hueco con los codos para evitar ser aplastada completamente. Se preguntaba qué habría sido de Jon. Cuando los muertos les sorprendieron y ella salió corriendo pareció quedarse petrificado, o esa es la impresión que se le quedó grabada al mirar de soslayo mientras echaba a correr. Pero no había oído gritos, ni ruido de pelea, ni más sonidos que el de los pesados pies de esos seres persiguiéndola. Quizá ya estuviera muerto, uno más que añadir a la atestada nómina de la No humanidad. Solo pensar eso le llenó de una profunda tristeza, auque era ya incapaz de llorar. No después de todo lo que había pasado. Pero, como tampoco le veía deambular por la explanada, puede que no hubieran dejado de él nada que se sostuviera sobre las piernas tras volver.
Estos pensamientos habían tornado su miedo en angustia, y no estaba segura de qué era peor, si la certeza de saber que iba a morir o la incertidumbre de no poder saber cuándo. Claro que solo era cuestión de tiempo. Sobre todo de muy poco tiempo si no actuaba con serenidad.
Entonces, sin saber cuánto llevaba allí –pero que debía de ser bastante, a juzgar por los calambres que comenzaba a sentir en los brazos, forzados en una incómoda y dolorosa posición–, y cuando empezaba incluso a adormilarse asfixiada por el hedor de los cuerpos sobre ella, comenzó a sonar el estridente pitido de una bocina.
* * *
Empujándose entre gruñidos para entrar en el autobús, algunos muertos cayeron al suelo bajo los pies del resto, que se esforzaban en subir torpemente los tres escalones. El claxon seguía sonando sin interrupción, y ya eran cerca de una treintena los deambulantes que confluían en torno al vehículo, atraídos por el ruido, que siempre solía indicar comida. ¿Siempre? Desde su forzada postura, Bea podía observar la escena solo a través del rabillo del ojo, pero aun así le dio tiempo a ver una sombra que bajaba apresuradamente del bus por la puerta delantera, cerrándola tras de sí y dirigiéndose veloz hacia la parte trasera. Una luz temblorosa, como una linterna, se movía a lo largo de todo el recorrido de la sombra. Cuando alcanzó su meta, la sombra empujó violentamente al último muerto contra el interior, arrojando al mismo tiempo la luz y cerrando de un golpe la puerta.
Al principio no pareció suceder nada. Bea, inmóvil en su macabro hueco, veía un resplandor en el interior del autobús, un resplandor que se volvía cada vez mayor y que permitía ver las fantasmagóricas siluetas recortándose contra los cristales de las ventanillas. Entonces, el autobús entero pareció danzar al ritmo de las serpenteantes llamas que prendían en las ropas de los seres encerrados en su interior. No hubo gritos, solo el incesante rumor que siempre producían y que ahora acompañaba a tan macabro espectáculo.
La sombra se hizo entonces visible. Era un hombre joven, sudoroso, que se paró a unos metros del vehículo para contemplar cómo éste comenzaba a arder al alcanzar las llamas los asientos. Se inclinó levemente sobre sí mismo, apoyando ambas manos con los brazos extendidos sobre las rodillas para recobrar el aliento. Su corazón latía tan rápido que casi era lo único que podía oír… Los cristales de las ventanillas comenzaron a saltar en añicos debido a la tremenda presión que el fuego provocaba, y algún muerto envuelto en llamas trataba de salir por los huecos, aunque su torpeza y el debilitamiento muscular debido a las graves quemaduras se lo impedían.
De pronto, probablemente al fallar las válvulas de seguridad y liberarse de forma parcial sus gases, el depósito de combustible reventó y se produjo una tremenda explosión y el autocar entero se elevó de culo para caer inmediatamente con pesadez. Dos enormes ruedas salieron disparadas, al igual que varios cuerpos envueltos en llamas que rebotaron contra el suelo consumiéndose mientras se movían espasmódicamente todavía. La onda expansiva lanzó al hombre que había provocado aquello a varios metros de distancia, cerca de donde estaba Bea, quien igualmente recibió en la cara una gran bocanada de aire ardiente que le hizo perder el sentido durante unos instantes.