Silencio.
Solamente los apagados gemidos a su alrededor y el continuo arrastrar de pesados
pies se escuchaban en el aire de la noche. Aunque la luna estaba en cuarto
creciente, ya casi llena, un velo de nubes altas difuminaba su luz y hacía que
llegara a la superficie tenue, distante… La pestilencia era tan grande que
incluso sus narices, acostumbradas a la náusea, protestaban ante tanta
podredumbre. Pero había que aguantar. Aún un poco más. Lo suficiente para que
las criaturas se dieran por vencidas y se dispersaran. Claro que eso podía
llevar horas…
Bea
pensaba todo esto mientras contemplaba, tumbada en el suelo bajo varios
cadáveres en proceso de putrefacción, a los deambulantes que estaban en su
ángulo de visión. Siete, ocho, nueve… no, doce. Eran una docena en total.
Mierda. No tenía ninguna probabilidad frente a ellos. Solo podía hacer una cosa
inteligente: esperar. Aunque todos sus sentidos le decían que diera un
brinco y saliera corriendo, alejándose de allí como fuera, sabía que no daría
ni diez pasos antes de tener sobre ella al menos a un par de engendros, y eso
si lograba esquivar al resto… No. Decididamente, debía quedarse, soportando el
indescriptible hedor de la pila de muertos bajo la que se había tenido que
esconder al darse cuenta de que todas las vías de escape estaban bloqueadas por
ellos.
Suerte
había tenido de colarse allí en el último segundo, justo antes de que el primer
muerto apareciera por la esquina del club social. Podía oírles mientras se
acercaban, percibía el nauseabundo aroma que les precedía, pero, tras mirar
desesperadamente a todas partes, no localizó ningún otro escondite que le
permitiera sustraerse a su atención, de modo que se lanzó bajo los cuerpos sin
vida mascullando maldiciones. Debía sobrevivir. Aunque tan solo fuera una hora
más, unos minutos más…
De pronto,
uno de los monstruos pareció girar sobre sí en una extraña pirueta y se quedó
inmóvil mirando en dirección al montón de cuerpos que la protegía. Aterrada,
por un momento pensó que la había visto, que la había sentido… Tratando de
contener el corazón que se desbocaba para que el deambulante no pudiera oír su
acelerado palpitar, contuvo incluso la respiración. El muerto dio dos pasos
vacilantes en su dirección, pero entonces, perdido quizá el poco interés que
los cadáveres amontonados en descomposición le habían suscitado, volvió a girar
y se dirigió hacia la explanada del aparcamiento, donde el resto de
deambulantes se dispersaban entre espeluznantes ruidos.
Aguantando
el peso de los cuerpos sobre ella, Bea se hizo hueco con los codos para evitar
ser aplastada completamente. Se preguntaba qué habría sido de Jon. Cuando los
muertos les sorprendieron y ella salió corriendo pareció quedarse petrificado,
o esa es la impresión que se le quedó grabada al mirar de soslayo mientras
echaba a correr. Pero no había oído gritos, ni ruido de pelea, ni más sonidos
que el de los pesados pies de esos seres persiguiéndola. Quizá ya estuviera
muerto, uno más que añadir a la atestada nómina de la No humanidad. Solo pensar
eso le llenó de una profunda tristeza, auque era ya incapaz de llorar. No
después de todo lo que había pasado. Pero, como tampoco le veía deambular por
la explanada, puede que no hubieran dejado de él nada que se sostuviera sobre
las piernas tras volver.
Estos
pensamientos habían tornado su miedo en angustia, y no estaba segura de qué era
peor, si la certeza de saber que iba a morir o la incertidumbre de no poder
saber cuándo. Claro que solo era cuestión de tiempo. Sobre todo de muy poco tiempo si no actuaba con
serenidad.
Entonces,
sin saber cuánto llevaba allí –pero que debía de ser bastante, a juzgar por los
calambres que comenzaba a sentir en los brazos, forzados en una incómoda y
dolorosa posición–, y cuando empezaba incluso a adormilarse asfixiada por el
hedor de los cuerpos sobre ella, comenzó a sonar el estridente pitido de una
bocina.
* * *
Empujándose
entre gruñidos para entrar en el autobús, algunos muertos cayeron al suelo bajo
los pies del resto, que se esforzaban en subir torpemente los tres escalones.
El claxon seguía sonando sin interrupción, y ya eran cerca de una treintena los
deambulantes que confluían en torno al vehículo, atraídos por el ruido, que
siempre solía indicar comida. ¿Siempre?
Desde su forzada postura, Bea podía observar la escena solo a través del
rabillo del ojo, pero aun así le dio tiempo a ver una sombra que bajaba apresuradamente
del bus por la puerta delantera, cerrándola tras de sí y dirigiéndose veloz
hacia la parte trasera. Una luz temblorosa, como una linterna, se movía a lo
largo de todo el recorrido de la sombra. Cuando alcanzó su meta, la sombra
empujó violentamente al último muerto contra el interior, arrojando al mismo
tiempo la luz y cerrando de un golpe la puerta.
Al
principio no pareció suceder nada. Bea, inmóvil en su macabro hueco, veía un
resplandor en el interior del autobús, un resplandor que se volvía cada vez
mayor y que permitía ver las fantasmagóricas siluetas recortándose contra los
cristales de las ventanillas. Entonces, el autobús entero pareció danzar al
ritmo de las serpenteantes llamas que prendían en las ropas de los seres
encerrados en su interior. No hubo gritos, solo el incesante rumor que siempre
producían y que ahora acompañaba a tan macabro espectáculo.
La sombra
se hizo entonces visible. Era un hombre joven, sudoroso, que se paró a unos
metros del vehículo para contemplar cómo éste comenzaba a arder al alcanzar las
llamas los asientos. Se inclinó levemente sobre sí mismo, apoyando ambas manos
con los brazos extendidos sobre las rodillas para recobrar el aliento. Su
corazón latía tan rápido que casi era lo único que podía oír… Los cristales de
las ventanillas comenzaron a saltar en añicos debido a la tremenda presión que
el fuego provocaba, y algún muerto envuelto en llamas trataba de salir por los
huecos, aunque su torpeza y el debilitamiento muscular debido a las graves
quemaduras se lo impedían.
De pronto,
probablemente al fallar las válvulas de seguridad y liberarse de forma parcial sus
gases, el depósito de combustible reventó y se produjo una tremenda explosión y
el autocar entero se elevó de culo para caer inmediatamente con pesadez. Dos
enormes ruedas salieron disparadas, al igual que varios cuerpos envueltos en
llamas que rebotaron contra el suelo consumiéndose mientras se movían
espasmódicamente todavía. La onda expansiva lanzó al hombre que había provocado
aquello a varios metros de distancia, cerca de donde estaba Bea, quien
igualmente recibió en la cara una gran bocanada de aire ardiente que le hizo
perder el sentido durante unos instantes.