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lunes, 13 de enero de 2014

Primera parte. Uno. 3

Los apagados gemidos y los gruñidos de los muertos rompían la tranquilidad de la noche mientras más y más se acercaban al autobús siniestrado, golpeando con sus muertas manos el parabrisas, en tanto sus ojos sin vida concentraban sus vacías miradas en los dos seres humanos que estaban inmóviles.
Poco a poco comenzaron a dar muestras de volver en sí, y aún conmocionados, trataron de incorporarse agarrándose al respaldo de los asientos delanteros, en inverosímil postura. El autobús había volcado sobre el lado de las puertas, bloqueándolas. Bea sacudió la cabeza mientras parpadeaba repetidamente para disipar las tenues telarañas que le nublaban la visión, pero inmediatamente prefirió no haberlo hecho, porque el espectáculo del gran grupo de deambulantes que se había congregado afuera le sumió en una crisis nerviosa que le impedía mantener el control sobre sus manos, boca y rodillas.
A punto de caer, sintió cómo el chico le sujetaba, pero tampoco era un atleta que pudiera sostener su peso muerto por mucho tiempo, de modo que ambos rodaron por el suelo, mejor dicho, por las ventanillas laterales del autocar.
–No mires, tía, es mejor que te concentres en otra cosa…
Bea salió repentinamente de su estupor, con la misma velocidad con la que había caído en él.
–¿Por ejemplo?
–Yo qué sé… ¿cómo salir de aquí?
–¿Con esas cosas ahí fuera? Estás loco… –sentía que le dolían todos y cada uno de los huesos de su cuerpo, y eran muchos, ella lo sabía bien, no en vano era enfermera… y estudiante de 4.º de Medicina, además.
–¿Tienes alguna idea mejor? –preguntó el joven mientras se encaramaba a uno de los asientos y comenzaba a golpear uno de los cristales con su puño, justo donde podía leerse «Ventana de socorro».
Bea trató de detenerlo agarrándolo por la pernera del pantalón mientras lanzaba un grito ahogado.
–¡Espera! ¿Qué haces? ¿Es que quieres que nos maten antes de tiempo?
–No te preocupes, tía, no pueden subir hasta aquí, son bastante tontos... –el chaval miraba en todas direcciones buscando algo contundente. Con sus manos no podría romper nunca el cristal–. Si no voy ahí arriba no puedo saber adónde coño nos ha traído la experta conductora…
Finalmente, encontró un pequeño martillo de emergencia anclado a uno de los laterales. Rompió el cristal y trepó hasta sacar medio cuerpo fuera del autocar. Cuando tomaba impulso para salir del todo oyó la voz de la mujer bajo él, apenas un susurro.
–No te vayas, por favor…, no me dejes sola…
–Tranqui, tía. ¿Adónde quieres que vaya con ésos ahí? Solo voy a echar un vistazo desde aquí arriba, a ver qué hay…
Bea podía ver al chico caminando con cuidado por las ventanas del autocar, que ahora constituían su techo. Pero también los muertos lo veían, y eso incrementaba su agitación, y el murmullo incipiente que salía de sus gargantas putrefactas se convertía en atronador y espeluznante rugido que crecía continuamente, provocando en la asustada Bea un amago de ataque histérico que a duras penas podía reprimir. «¡Oh, Dios!, está sucediendo otra vez…».
La perspectiva desde lo alto del autocar no era en absoluto alentadora. El vehículo estaba empotrado de culo contra un muro de piedra y reja de apenas dos metros de altura en el que había abierto un boquete. El tronco del pino que había derribado en su trayectoria descansaba desgarrado sobre la parte de atrás de la carrocería, con la copa caída dentro de la parcela del chalé. El resto del autocar estaba cruzado sobre la calle, rodeado completamente por deambulantes.
El chaval se pasó una sudorosa mano por la frente, tratando de captar todo lo que la escasa visibilidad le permitía. Entonces, las nubes comenzaron a disiparse y la luna casi llena iluminó el macabro escenario. Debía de haber allí al menos tres centenares de muertos, todos ellos vivitos y coleando. Y seguían llegando más desde las calles adyacentes.
Preocupado, regresó al interior del autocar, dejándose simplemente caer desde lo alto. Se enfrentó a una Bea que le miraba con una horrible mueca de miedo pintada en su cara, pero sin que sus ojos revelaran la menor curiosidad por lo que el chico pudiera haber visto fuera.
–Verás, no quiero que te asustes. No sé quién eres ni de dónde vienes ni lo que has tenido que pasar para estar aquí, pero te juro que nunca había visto juntos tantos bichos de estos como ahora…