Los apagados
gemidos y los gruñidos de los muertos rompían la tranquilidad de la noche
mientras más y más se acercaban al autobús siniestrado, golpeando con sus
muertas manos el parabrisas, en tanto sus ojos sin vida concentraban sus vacías
miradas en los dos seres humanos que estaban inmóviles.
Poco a
poco comenzaron a dar muestras de volver en sí, y aún conmocionados, trataron
de incorporarse agarrándose al respaldo de los asientos delanteros, en
inverosímil postura. El autobús había volcado sobre el lado de las puertas,
bloqueándolas. Bea sacudió la cabeza mientras parpadeaba repetidamente para
disipar las tenues telarañas que le nublaban la visión, pero inmediatamente
prefirió no haberlo hecho, porque el espectáculo del gran grupo de deambulantes
que se había congregado afuera le sumió en una crisis nerviosa que le impedía
mantener el control sobre sus manos, boca y rodillas.
A punto de
caer, sintió cómo el chico le sujetaba, pero tampoco era un atleta que pudiera
sostener su peso muerto por mucho tiempo, de modo que ambos rodaron por el
suelo, mejor dicho, por las ventanillas laterales del autocar.
–No mires,
tía, es mejor que te concentres en otra cosa…
Bea salió
repentinamente de su estupor, con la misma velocidad con la que había caído en
él.
–¿Por
ejemplo?
–Yo qué
sé… ¿cómo salir de aquí?
–¿Con esas
cosas ahí fuera? Estás loco… –sentía que le dolían todos y cada uno de los
huesos de su cuerpo, y eran muchos, ella lo sabía bien, no en vano era
enfermera… y estudiante de 4.º de Medicina, además.
–¿Tienes
alguna idea mejor? –preguntó el joven mientras se encaramaba a uno de los
asientos y comenzaba a golpear uno de los cristales con su puño, justo donde
podía leerse «Ventana de socorro».
Bea trató
de detenerlo agarrándolo por la pernera del pantalón mientras lanzaba un grito
ahogado.
–¡Espera!
¿Qué haces? ¿Es que quieres que nos maten antes de tiempo?
–No te
preocupes, tía, no pueden subir hasta aquí, son bastante tontos... –el chaval
miraba en todas direcciones buscando algo contundente. Con sus manos no podría
romper nunca el cristal–. Si no voy ahí arriba no puedo saber adónde coño nos
ha traído la experta conductora…
Finalmente,
encontró un pequeño martillo de emergencia anclado a uno de los laterales.
Rompió el cristal y trepó hasta sacar medio cuerpo fuera del autocar. Cuando
tomaba impulso para salir del todo oyó la voz de la mujer bajo él, apenas un susurro.
–No te
vayas, por favor…, no me dejes sola…
–Tranqui,
tía. ¿Adónde quieres que vaya con ésos ahí? Solo voy a echar un vistazo desde
aquí arriba, a ver qué hay…
Bea podía
ver al chico caminando con cuidado por las ventanas del autocar, que ahora
constituían su techo. Pero también los muertos lo veían, y eso incrementaba su
agitación, y el murmullo incipiente que salía de sus gargantas putrefactas se
convertía en atronador y espeluznante rugido que crecía continuamente, provocando
en la asustada Bea un amago de ataque histérico que a duras penas podía
reprimir. «¡Oh, Dios!, está sucediendo
otra vez…».
La
perspectiva desde lo alto del autocar no era en absoluto alentadora. El
vehículo estaba empotrado de culo contra un muro de piedra y reja de apenas dos
metros de altura en el que había abierto un boquete. El tronco del pino que
había derribado en su trayectoria descansaba desgarrado sobre la parte de atrás
de la carrocería, con la copa caída dentro de la parcela del chalé. El resto
del autocar estaba cruzado sobre la calle, rodeado completamente por
deambulantes.
El chaval
se pasó una sudorosa mano por la frente, tratando de captar todo lo que la
escasa visibilidad le permitía. Entonces, las nubes comenzaron a disiparse y la
luna casi llena iluminó el macabro escenario. Debía de haber allí al menos
tres centenares de muertos, todos ellos
vivitos y coleando. Y seguían llegando más desde las calles adyacentes.
Preocupado,
regresó al interior del autocar, dejándose simplemente caer desde lo alto. Se
enfrentó a una Bea que le miraba con una horrible mueca de miedo pintada en su
cara, pero sin que sus ojos revelaran la menor curiosidad por lo que el chico
pudiera haber visto fuera.
–Verás, no
quiero que te asustes. No sé quién eres ni de dónde vienes ni lo que has tenido
que pasar para estar aquí, pero te juro que nunca había visto juntos tantos
bichos de estos como ahora…