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jueves, 9 de enero de 2014

Primera parte. Uno. 2

El hombre tiraba del brazo de Bea tratando de sacarla de debajo del montón de cuerpos putrefactos, pero la difícil postura de la mujer se lo impedía. Bea recobró el conocimiento mientras escuchaba el sonido de los suaves cachetes que le propinaban en la mejilla derecha.
–¡Vamos, vamos, despierta, joder… tenemos que largarnos de aquí…!
Miraba entre brumas la cara de quien le hablaba, y le veía mover los labios, pero sus palabras parecían llegar a sus oídos justo desde el otro lado del mundo. Aturdida, cerró los ojos varias veces para aclarar la visión, y dedujo que el tipo, quienquiera que fuese, estaba tratando de ayudarla.
Trató de incorporarse pero no tenía apoyo, porque uno de sus brazos estaba en las manos del joven y el otro, el derecho, bajo el peso de su propio cuerpo y de la montaña de muertos que, perdido por efecto de la explosión el delicado equilibrio que mantenían y que le había permitido a Bea esconderse bajo ellos, la aplastaban contra el suelo asfaltado del aparcamiento. Por suerte, su avanzado estado de descomposición hacía que hubieran perdido ya parte de su peso.
–No… puedo… moverme –acertó a decir, todavía confusa–. La onda expansiva ha debido de mover los cuerpos y no tengo hueco…
–¡Vamos, inténtalo, por lo que más quieras! No sé cuántos quedan por ahí, y este lugar está muy caliente ahora… –replicó el chico, tirando de nuevo de su brazo mientras intentaba hacer fuerza con una pierna contra uno de los cuerpos. El pie no encontró suficiente soporte y se hundió entre la carne floja del muerto, aterrizando en medio de lo que un día fueron sus pulmones–. ¡Joder, qué mierda! ¡Estamos de mierda hasta arriba, tía!
Desesperado, el chico miraba a su alrededor buscando una solución. Por encima del crepitar del incendio del autobús, su aguzado oído captó los poco alentadores sonidos que llegaban del otro lado del club social… Entonces, vio la solución en el suelo, a apenas tres metros de donde estaban. Una de las portezuelas de los compartimentos de equipaje había saltado hasta allí en la explosión. Lo suficientemente manejable para hacer palanca y lo suficientemente resistente para aguantar el peso de varios de esos montones de mierda…
Cuando la cogió no pudo reprimir un grito de dolor. La puta puerta quemaba… Se quitó la cazadora y, agarrándola, sujetó la chapa, metiéndola a empujones por encima de la cabeza de Bea. A su paso, desagradables sonidos de carne cortada se mezclaban con la respiración entrecortada del joven, sometido a un gran esfuerzo.
–Vete, déjame aquí, no me encontrarán…
–¿Estás loca? ¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar sin beber ahí debajo, suponiendo que no mueras antes aplastada? –el chico miraba hacia la esquina mientras hablaba apresuradamente y metía más y más la plancha de metal sobre el cuerpo de Bea, destrozando huesos, cartílagos, órganos…–. Ya… casi… está. Prueba a incorporarte un poco… haz fuerza con los dos brazos… vamos, deprisa…
Bea trató de arrastrarse hasta el borde de su cárcel de muertos mientras el chico hacía un esfuerzo titánico por mantener la portezuela del autocar con la suficiente inclinación que le permitiera a la mujer escapar de la trampa. Por fin, a gatas, Bea logró salir de debajo del montón de cadáveres y luchó por ponerse de pie. El joven soltó la improvisada palanca con un bufido y agarró a Bea por debajo de una axila; echaron a correr hacia un extremo del aparcamiento, justo donde aguardaba otro autocar azul oscuro idéntico al que aún ardía.
Por la esquina del club social aparecían los primeros deambulantes.
* * *
–¿Cómo se arranca esto?
La pregunta de la mujer no encontró respuesta. El chico se encogió de hombros significativamente.
–A mí no me mires… solo tengo diecisiete años… Iba a empezar a robar bugas cuando estos mierdas nos dieron bien por el culo… –hizo un gesto con la cabeza hacia los seres que golpeaban con las manos el exterior del autocar, tratando inútilmente de entrar a por la comida…–. Lo más que he conducido son las motos de los colegas…
Bea trasteaba con los interruptores del panel que había tras el volante, intentando en vano poner en marcha el vehículo. Y, aunque lo lograra, ¿cómo diablos iba ella a poderlo conducir? El chaval, entonces, se agachó a su lado escudriñando bajo el enorme volante.
–Quizá si giras la llave en el contacto…
Por supuesto. Tan nerviosa que ni siquiera había pensado que los autobuses también necesitaban llaves para arrancar… Lo hizo, giró la llave y entonces el motor rugió un instante para apagarse inmediatamente después al tiempo que el autobús daba un brinco hacia delante. Se había calado. Bea luchó con la palanca de cambio, sorprendentemente suave y pequeña para el tamaño del vehículo. Cuando creyó que estaba en punto muerto volvió a girar la llave. De nuevo vibró toda la estructura del autobús. Desembragó, encomendándose a todos los demonios, y metió una velocidad, la primera, según pensó. El bus comenzó a rodar. Aunque el pie de Bea se hundía en el acelerador la velocidad no aumentaba, y parecía que el motor estaba a punto de ahogarse. «He metido una velocidad larga», pensó automáticamente. Pisó el embrague de nuevo mientras movía la palanca de cambio, sacando de la caja ásperos quejidos al rascar los engranajes… Entonces el bus dio una fuerte sacudida y durante un instante pareció retroceder para, enseguida, comenzar a acelerar.
–¡Primera! –gritó Bea.
Las ruedas atraparon a un par de muertos mientras el autocar maniobraba, en tanto el resto, en número creciente, se agolpaba contra el frío metal sin importarles en apariencia otra cosa que conseguir entrar.
–¡Así no llegaremos lejos, tía! –le increpó el chaval mientras hacía un recuento mental de deambulantes. «En los autocares no veníamos tantos…».
Bea comprendió que debía revolucionar más el motor y meter otra marcha si quería aumentar la velocidad, pero le costaba manejar los pedales, demasiado lejos de sus pies. Bea no era ninguna atleta, apenas medía un metro sesenta y cinco y pesaba poco incluso para su estatura, como prácticamente todos los de la Zona de Evacuación tras tres meses de intentar tan solo sobrevivir. Por fin logró meter lo que ella creyó que era la segunda velocidad, pero al soltar de golpe el embrague el autocar salió disparado, atravesando en medio de un sonoro traqueteo la zona de césped que había entre el aparcamiento y las primeras casas de la urbanización, al otro lado de una calle cuajada de pinos.
La mujer se aferró al volante con desesperación tratando de controlar la dirección, pero la rueda derecha delantera golpeó súbitamente contra un banco de piedra del paseo provocando de inmediato varias cosas. En primer lugar el autobús dio un brinco hacia arriba que arrojó al chaval al suelo tras perder el equilibrio. Después, al caer de nuevo sobre el asfalto, Bea se golpeó la barbilla contra el volante, y lo soltó instintivamente mientras su pie derecho se clavaba en el pedal de acelerador. Entonces, sin nadie que dominara la dirección y con la velocidad en aumento, el autocar avanzó sin control durante cuarenta o cincuenta metros hasta que Bea, intentando hacerse con el control, se aferró al volante con una mano, y eso resultó fatídico, pues el brusco volantazo provocó un giro tan forzado de las ruedas que todo el peso del autocar se concentró sobre ellas por efecto del súbito cambio de dirección.
Tras volcar, el autocar se deslizó por la calle arrancando chispas del pavimento. Finalmente, se detuvo con un golpe tremendo al empotrarse contra el muro de piedra de un chalé y derribar un pino de poco porte. Se hizo un terrible silencio.