El hombre
tiraba del brazo de Bea tratando de sacarla de debajo del montón de cuerpos
putrefactos, pero la difícil postura de la mujer se lo impedía. Bea recobró el
conocimiento mientras escuchaba el sonido de los suaves cachetes que le
propinaban en la mejilla derecha.
–¡Vamos,
vamos, despierta, joder… tenemos que largarnos de aquí…!
Miraba
entre brumas la cara de quien le hablaba, y le veía mover los labios,
pero sus palabras parecían llegar a sus oídos justo desde el otro lado del
mundo. Aturdida, cerró los ojos varias veces para aclarar la visión, y dedujo
que el tipo, quienquiera que fuese, estaba tratando de ayudarla.
Trató de
incorporarse pero no tenía apoyo, porque uno de sus brazos estaba en las manos
del joven y el otro, el derecho, bajo el peso de su propio cuerpo y de la
montaña de muertos que, perdido por efecto de la explosión el delicado
equilibrio que mantenían y que le había permitido a Bea esconderse bajo ellos, la
aplastaban contra el suelo asfaltado del aparcamiento. Por suerte, su avanzado
estado de descomposición hacía que hubieran perdido ya parte de su peso.
–No…
puedo… moverme –acertó a decir, todavía confusa–. La onda expansiva ha debido
de mover los cuerpos y no tengo hueco…
–¡Vamos,
inténtalo, por lo que más quieras! No sé cuántos quedan por ahí, y este lugar
está muy caliente ahora… –replicó el
chico, tirando de nuevo de su brazo mientras intentaba hacer fuerza con una
pierna contra uno de los cuerpos. El pie no encontró suficiente soporte y se
hundió entre la carne floja del muerto, aterrizando en medio de lo que un día
fueron sus pulmones–. ¡Joder, qué mierda! ¡Estamos de mierda hasta arriba, tía!
Desesperado,
el chico miraba a su alrededor buscando una solución. Por encima del crepitar
del incendio del autobús, su aguzado oído captó los poco alentadores sonidos
que llegaban del otro lado del club social… Entonces, vio la solución en el
suelo, a apenas tres metros de donde estaban. Una de las portezuelas de los
compartimentos de equipaje había saltado hasta allí en la explosión. Lo
suficientemente manejable para hacer palanca y lo suficientemente resistente
para aguantar el peso de varios de esos montones de mierda…
Cuando la
cogió no pudo reprimir un grito de dolor. La puta puerta quemaba… Se quitó la
cazadora y, agarrándola, sujetó la chapa, metiéndola a empujones por encima de
la cabeza de Bea. A su paso, desagradables sonidos de carne cortada se
mezclaban con la respiración entrecortada del joven, sometido a un gran esfuerzo.
–Vete,
déjame aquí, no me encontrarán…
–¿Estás
loca? ¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar sin beber ahí debajo, suponiendo
que no mueras antes aplastada? –el chico miraba hacia la esquina mientras
hablaba apresuradamente y metía más y más la plancha de metal sobre el cuerpo
de Bea, destrozando huesos, cartílagos, órganos…–. Ya… casi… está. Prueba a
incorporarte un poco… haz fuerza con los dos brazos… vamos, deprisa…
Bea trató
de arrastrarse hasta el borde de su cárcel
de muertos mientras el chico hacía un esfuerzo titánico por mantener la portezuela
del autocar con la suficiente inclinación que le permitiera a la mujer escapar
de la trampa. Por fin, a gatas, Bea logró salir de debajo del montón de cadáveres
y luchó por ponerse de pie. El joven soltó la improvisada palanca con un bufido
y agarró a Bea por debajo de una axila; echaron a correr hacia un extremo del
aparcamiento, justo donde aguardaba otro autocar azul oscuro idéntico al que
aún ardía.
Por la
esquina del club social aparecían los primeros deambulantes.
* * *
–¿Cómo se
arranca esto?
La
pregunta de la mujer no encontró respuesta. El chico se encogió de hombros
significativamente.
–A mí no
me mires… solo tengo diecisiete años… Iba a empezar a robar bugas cuando estos mierdas nos dieron
bien por el culo… –hizo un gesto con la cabeza hacia los seres que golpeaban
con las manos el exterior del autocar, tratando inútilmente de entrar a por la
comida…–. Lo más que he conducido son las motos de los colegas…
Bea
trasteaba con los interruptores del panel que había tras el volante, intentando
en vano poner en marcha el vehículo. Y, aunque lo lograra, ¿cómo diablos iba
ella a poderlo conducir? El chaval, entonces, se agachó a su lado escudriñando
bajo el enorme volante.
–Quizá si
giras la llave en el contacto…
Por
supuesto. Tan nerviosa que ni siquiera había pensado que los autobuses también
necesitaban llaves para arrancar… Lo hizo, giró la llave y entonces el motor
rugió un instante para apagarse inmediatamente después al tiempo que el autobús
daba un brinco hacia delante. Se había calado. Bea luchó con la palanca de
cambio, sorprendentemente suave y pequeña para el tamaño del vehículo. Cuando
creyó que estaba en punto muerto volvió a girar la llave. De nuevo vibró toda
la estructura del autobús. Desembragó, encomendándose a todos los demonios, y
metió una velocidad, la primera, según pensó. El bus comenzó a rodar. Aunque el
pie de Bea se hundía en el acelerador la velocidad no aumentaba, y parecía que
el motor estaba a punto de ahogarse. «He
metido una velocidad larga», pensó automáticamente. Pisó el embrague de
nuevo mientras movía la palanca de cambio, sacando de la caja ásperos quejidos
al rascar los engranajes… Entonces el bus dio una fuerte sacudida y durante un
instante pareció retroceder para, enseguida, comenzar a acelerar.
–¡Primera!
–gritó Bea.
Las ruedas
atraparon a un par de muertos mientras el autocar maniobraba, en tanto el
resto, en número creciente, se agolpaba contra el frío metal sin importarles en
apariencia otra cosa que conseguir entrar.
–¡Así no
llegaremos lejos, tía! –le increpó el chaval mientras hacía un recuento mental
de deambulantes. «En los autocares no
veníamos tantos…».
Bea
comprendió que debía revolucionar más el motor y meter otra marcha si quería
aumentar la velocidad, pero le costaba manejar los pedales, demasiado lejos de
sus pies. Bea no era ninguna atleta, apenas medía un metro sesenta y cinco y
pesaba poco incluso para su estatura, como prácticamente todos los de la Zona
de Evacuación tras tres meses de intentar tan solo sobrevivir. Por fin logró
meter lo que ella creyó que era la segunda velocidad, pero al soltar de golpe
el embrague el autocar salió disparado, atravesando en medio de un sonoro
traqueteo la zona de césped que había entre el aparcamiento y las primeras
casas de la urbanización, al otro lado de una calle cuajada de pinos.
La mujer
se aferró al volante con desesperación tratando de controlar la dirección, pero
la rueda derecha delantera golpeó súbitamente contra un banco de piedra del
paseo provocando de inmediato varias cosas. En primer lugar el autobús dio un
brinco hacia arriba que arrojó al chaval al suelo tras perder el equilibrio.
Después, al caer de nuevo sobre el asfalto, Bea se golpeó la barbilla contra el
volante, y lo soltó instintivamente mientras su pie derecho se clavaba en el
pedal de acelerador. Entonces, sin nadie que dominara la dirección y con la
velocidad en aumento, el autocar avanzó sin control durante cuarenta o
cincuenta metros hasta que Bea, intentando hacerse con el control, se aferró al
volante con una mano, y eso resultó fatídico, pues el brusco volantazo provocó
un giro tan forzado de las ruedas que todo el peso del autocar se concentró
sobre ellas por efecto del súbito cambio de dirección.
Tras
volcar, el autocar se deslizó por la calle arrancando chispas del pavimento. Finalmente,
se detuvo con un golpe tremendo al empotrarse contra el muro de piedra de un
chalé y derribar un pino de poco porte. Se hizo un terrible silencio.