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sábado, 25 de enero de 2014

Primera parte. Tres. 3

Mientras bebía un trago de agua, la enfermera apareció en las escaleras. Toni dio un respingo, asustado. Bea parecía un fantasma, tal y como parecen ser los fantasmas: pálida, demacrada, con el rostro ligeramente desfigurado por la tensión… «En un sitio más oscuro habría echado mano del gancho…», pensó Toni.
–¿Cómo estás? –inmediatamente se arrepintió de su pregunta. ¿Cómo iba a estar? Claro que él solo era un chaval de la calle sin apenas cultura ni, por supuesto, la mayor parte de las convenciones que los adultos se veían obligados a aceptar.
Bea, lejos de contestar, terminó de bajar los peldaños, pasó ante el sofá que Toni había colocado sobre la bodega, miró al chaval de reojo con indiferencia, y se acodó sobre el mostrador del bar. Abrió la botella de Negrita y se sirvió un vaso. Luego otro. Y luego dos largos tragos de agua.
–¿Cómo estoy? –se detuvo un momento, como si tuviera que coger fuerzas para soltar de un tirón todo lo que la atormentaba en su interior–. ¿Cómo estoy? Bien, teniendo en cuenta que soy una enfermera de veinticinco años refugiada en una Zona de Evacuación junto a otros 3000 supervivientes de no se sabe qué epidemia y que hace un rato he tenido la privilegiada visión de la que un día fue mi madre metida en un hueco donde apenas caben un centenar de botellas… sin saber si está muerta o… o…
Bea se derrumbó. No pudo aguantar por más tiempo la tensión a que estaba sometida. Se dejó caer lentamente de espaldas y fue deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo con la cabeza entre las rodillas, en posición fetal.
Un instante es una eternidad, dicen los filósofos. Toni no sabía a qué se referían, pero dejó transcurrir ese instante. Ni un segundo más.
–¿Tenía tu padre algún arma? ¿Era cazador o algo? ¿Policía? Joder, cualquier cosa nos vendría bien… –sabía por experiencia propia, a pesar de su juventud y su escasa cultura, que lo mejor para transitar por una situación con fuerte carga emocional era sacar al afectado de su letargo, forzarlo a salir, a expresarse, a desahogarse, a expulsar la ira, a encauzarla hacia algo que no doliera tanto… Claro que también estaban los que reaccionaban tremendamente mal a la terapia. Eso lo había visto en las sesiones con la psicóloga del centro de menores. Pero había que intentarlo…
Parecía que iba a funcionar, de todas formas… Bea levantó la cabeza. En sus ojos húmedos se adivinaban dolor y rabia en temible aleación.
–¿Eh? No… mi padre es… era…, tenía una farmacia en el pueblo… No hay armas, que yo sepa.
–¿Y coche? Tendría un coche…
Bea se volvió instintivamente hacia la ventana del comedor que daba al jardín, donde su padre solía aparcar el coche bajo el voladizo. Estaba vacío.
–No está… Quizá todo sucedió muy rápido. No tengo forma de saberlo. Puede que mi… madre se infectara y mi padre, sabiendo ya qué efectos tenía la enfermedad, la encerrara en la bodega y fuera al pueblo a por ayuda… No sé, Toni, no sé… ¡No lo sé! ¡NO LO SÉ!
–Vale, tía, no te excites. Está bien… Mira, ahí en el sofá está el botiquín. No te di nada porque no quise meter la pata, pero tú distinguirás las pastillas verdes de las amarillas, seguro… Métete un valium o alguna pirula de esas… Estás de pena… –el chico se volvía en ese instante hacia el sofá para señalar el botiquín, pero entonces una luz pareció iluminar su seso adolescente–. ¡Espera! ¡Me cago en la puta…! ¿Y tu coche? No me digas que viniste con tu amigo andando desde Valladolid…
Claro. Su coche. Bueno, en realidad no era suyo. Era uno de los miles que había abandonados por toda la ciudad cuando terminó la cuarentena de la Zona de Evacuación y les permitieron salir. Bea se lo adjudicó in articulo mortis; del dueño, evidentemente. Ni siquiera se había molestado en acercarse hasta el garaje de su apartamento, donde suponía que seguiría su propio coche. Quizá más adelante…
–Mi coche está… estaba… –trató de orientarse hacia la calle, pero la sola visión de todos esos horribles seres arracimados contra la puerta provocó un desfallecimiento en su ánimo, otro más. Se sentó en el sofá, al lado del botiquín, donde rebuscó algo. Cuando lo encontró se tragó dos pastillas de un golpe.
–Por nada del mundo quisiera meterte prisa, pero cuanto antes salgamos de aquí antes llegaremos a otro sitio…
–Dejamos el coche ahí, en la calle, delante de la puerta, estoy segura…
Toni miró en la dirección que le indicaba Bea. Tenía sentido. Si la chica había regresado a casa para tratar de encontrar a sus padres, era lógico que aparcara lo más cerca de allí. Sin duda. Solo que no había rastro del coche. No al menos desde donde ellos podían mirar.
–Espera.
Había tenido una idea. Subió corriendo las escaleras y abrió la persiana del gran ventanal del dormitorio que daba sobre la entrada de la casa. Justo la única ventana que le quedaba por fisgar. Allí estaba. Un pequeño Clío oscuro, ¿negro? Desde abajo, a ras de calle, la multitud de deambulantes se lo ocultaba a la vista. Pero allí estaba, no cabía duda. Así se lo dijo a Bea cuando volvió junto a la enfermera.
–¿Las llaves?
–Pues… –Bea se rebuscó en los bolsillos del pantalón vaquero y en los de la cazadora de pana. Sacó las manos tal como las había metido, vacías, y las extendió hacia Toni–. Pues estarán puestas… o las tiene Jon… ¡Oh, Dios mío!
Bea volvía a temblar ostensiblemente. Toni la aferró por ambos codos zarandeándola, mientras le hablaba con voz enérgica, dura, sin espacio para la sensibilidad que tan delicada situación requería.
–Para, para… ¿Quién condujo hasta aquí?
–Yo. Jon no conocía el camino.
–Entonces estarán puestas.
Ni él se creía lo que acababa de decir. Había las mismas probabilidades de que las llaves estuvieran en el contacto del coche como de que estuvieran en cualquier otra parte, incluido el montón de cadáveres de donde había sacado a Bea la noche anterior, por no hablar del interior del autobús volcado, el jardín del vecino o la propia parcela de la casa. Pero tenía que reaccionar así. No solo por la chica. Él mismo lo necesitaba. «Bueno, una putada más…».