Mientras bebía
un trago de agua, la enfermera apareció en las escaleras. Toni dio un respingo,
asustado. Bea parecía un fantasma, tal y como parecen ser los fantasmas: pálida,
demacrada, con el rostro ligeramente desfigurado por la tensión… «En un sitio más oscuro habría echado mano
del gancho…», pensó Toni.
–¿Cómo
estás? –inmediatamente se arrepintió de su pregunta. ¿Cómo iba a estar? Claro
que él solo era un chaval de la calle sin apenas cultura ni, por supuesto, la
mayor parte de las convenciones que los adultos se veían obligados a aceptar.
Bea, lejos
de contestar, terminó de bajar los peldaños, pasó ante el sofá que Toni había
colocado sobre la bodega, miró al chaval de reojo con indiferencia, y se acodó
sobre el mostrador del bar. Abrió la botella de Negrita y se sirvió un vaso. Luego otro. Y luego dos largos tragos
de agua.
–¿Cómo
estoy? –se detuvo un momento, como si tuviera que coger fuerzas para soltar de
un tirón todo lo que la atormentaba en su interior–. ¿Cómo estoy? Bien, teniendo
en cuenta que soy una enfermera de veinticinco años refugiada en una Zona de Evacuación
junto a otros 3000 supervivientes de no se sabe qué epidemia y que hace un rato
he tenido la privilegiada visión de la que un día fue mi madre metida en un hueco
donde apenas caben un centenar de botellas… sin saber si está muerta o… o…
Bea se
derrumbó. No pudo aguantar por más tiempo la tensión a que estaba sometida. Se
dejó caer lentamente de espaldas y fue deslizándose por la pared hasta quedar
sentada en el suelo con la cabeza entre las rodillas, en posición fetal.
Un instante es una eternidad, dicen
los filósofos. Toni no sabía a qué se referían, pero dejó transcurrir ese
instante. Ni un segundo más.
–¿Tenía tu
padre algún arma? ¿Era cazador o algo? ¿Policía? Joder, cualquier cosa nos
vendría bien… –sabía por experiencia propia, a pesar de su juventud y su escasa
cultura, que lo mejor para transitar por una situación con fuerte carga emocional
era sacar al afectado de su letargo, forzarlo a salir, a expresarse, a desahogarse,
a expulsar la ira, a encauzarla hacia algo que no doliera tanto… Claro que también
estaban los que reaccionaban tremendamente mal a la terapia. Eso lo había visto
en las sesiones con la psicóloga del centro de menores. Pero había que
intentarlo…
Parecía
que iba a funcionar, de todas formas… Bea levantó la cabeza. En sus ojos
húmedos se adivinaban dolor y rabia en temible aleación.
–¿Eh? No…
mi padre es… era…, tenía una farmacia en el pueblo… No hay armas, que yo sepa.
–¿Y coche?
Tendría un coche…
Bea se
volvió instintivamente hacia la ventana del comedor que daba al jardín, donde
su padre solía aparcar el coche bajo el voladizo. Estaba vacío.
–No está…
Quizá todo sucedió muy rápido. No tengo forma de saberlo. Puede que mi… madre
se infectara y mi padre, sabiendo ya qué efectos tenía la enfermedad, la
encerrara en la bodega y fuera al pueblo a por ayuda… No sé, Toni, no sé… ¡No
lo sé! ¡NO LO SÉ!
–Vale,
tía, no te excites. Está bien… Mira, ahí en el sofá está el botiquín. No te di
nada porque no quise meter la pata, pero tú distinguirás las pastillas verdes
de las amarillas, seguro… Métete un valium o alguna pirula de esas… Estás de
pena… –el chico se volvía en ese instante hacia el sofá para señalar el
botiquín, pero entonces una luz pareció iluminar su seso adolescente–. ¡Espera!
¡Me cago en la puta…! ¿Y tu coche? No
me digas que viniste con tu amigo andando desde Valladolid…
Claro. Su
coche. Bueno, en realidad no era suyo. Era uno de los miles que había
abandonados por toda la ciudad cuando terminó la cuarentena de la Zona de
Evacuación y les permitieron salir. Bea se lo adjudicó in articulo mortis; del dueño, evidentemente. Ni siquiera se había
molestado en acercarse hasta el garaje de su apartamento, donde suponía que
seguiría su propio coche. Quizá más adelante…
–Mi coche
está… estaba… –trató de orientarse hacia la calle, pero la sola visión de todos
esos horribles seres arracimados contra la puerta provocó un desfallecimiento
en su ánimo, otro más. Se sentó en el sofá, al lado del botiquín, donde rebuscó
algo. Cuando lo encontró se tragó dos pastillas de un golpe.
–Por nada
del mundo quisiera meterte prisa, pero cuanto antes salgamos de aquí antes
llegaremos a otro sitio…
–Dejamos
el coche ahí, en la calle, delante de la puerta, estoy segura…
Toni miró
en la dirección que le indicaba Bea. Tenía sentido. Si la chica había regresado
a casa para tratar de encontrar a sus padres, era lógico que aparcara lo más
cerca de allí. Sin duda. Solo que no había rastro del coche. No al menos desde
donde ellos podían mirar.
–Espera.
Había
tenido una idea. Subió corriendo las escaleras y abrió la persiana del gran
ventanal del dormitorio que daba sobre la entrada de la casa. Justo la única
ventana que le quedaba por fisgar. Allí estaba. Un pequeño Clío oscuro, ¿negro?
Desde abajo, a ras de calle, la multitud de deambulantes se lo ocultaba a la
vista. Pero allí estaba, no cabía duda. Así se lo dijo a Bea cuando volvió
junto a la enfermera.
–¿Las
llaves?
–Pues…
–Bea se rebuscó en los bolsillos del pantalón vaquero y en los de la cazadora
de pana. Sacó las manos tal como las había metido, vacías, y las extendió hacia
Toni–. Pues estarán puestas… o las tiene Jon… ¡Oh, Dios mío!
Bea volvía
a temblar ostensiblemente. Toni la aferró por ambos codos zarandeándola,
mientras le hablaba con voz enérgica, dura, sin espacio para la sensibilidad
que tan delicada situación requería.
–Para,
para… ¿Quién condujo hasta aquí?
–Yo. Jon
no conocía el camino.
–Entonces
estarán puestas.
Ni él se
creía lo que acababa de decir. Había las mismas probabilidades de que las
llaves estuvieran en el contacto del coche como de que estuvieran en cualquier
otra parte, incluido el montón de cadáveres de donde había sacado a Bea la
noche anterior, por no hablar del interior del autobús volcado, el jardín del
vecino o la propia parcela de la casa. Pero tenía que reaccionar así. No solo
por la chica. Él mismo lo necesitaba. «Bueno,
una putada más…».