Día ochenta
y cuatro. El sol limpio de noviembre despunta por encima de las copas de los
pinos en su lento periplo diario sobre el mundo. La ligera bruma de
condensación que se ha formado durante la noche comienza a desgajarse en
jirones huidizos que desaparecen a medida que el incandescente disco asciende sobre
la línea del horizonte.
Amanece en
El Coto. «El sol sale para todos»,
reza el viejo refrán; solo que unos lo ven y otros no. Toni lo veía desde una
ventana de la planta de arriba. Al otro lado del muro de piedra forrado de seto
que cerraba el jardín por la parte trasera discurría un camino que, supuso,
sería el acceso a la urbanización. Probablemente por donde él mismo, en uno de
los autocares, había llegado el día anterior. Quienes no parecían ver el sol eran
los deambulantes, que, tenaces, seguían ocupando gran parte de la otra calle,
la que daba a la fachada principal de la casa, que se abría, a su vez, al amplio
espacio de jardín y aparcamiento del club social. Allí seguían los restos del autocar
incendiado, ya frío por la humedad nocturna.
Toni había
tenido mucho tiempo para sopesar su situación. Tras cerrar la trampilla de la
bodega violentamente al tiempo que sujetaba a la chica para evitar que se
metiera allí, tuvo que hacer un gran esfuerzo para tranquilizarla, o por lo
menos para evitar que cometiera alguna estupidez. Bea había caído en un estado
de estupefacción que la colocaba en algún lugar entre el mundo real y el onírico,
pero que le permitía seguir respirando. Su mente había recibido un durísimo golpe
al ver a su madre reducida a la condición de monstruo sin el menor atisbo de
humanidad, ni por su aspecto, que era tétrico, espectral, ni por lo que sus
opacos ojos podían transmitir, alejados definitivamente de la dulzura y comprensión
maternales que ella recordaba.
El joven no
había tenido valor para golpearla con el gancho de la chimenea, pero, desde
luego, no estaba dispuesto a dejarla salir de su lóbrega guarida. Después de
asegurar la trampilla, había desplazado uno de los pesados sofás sobre ella
para reforzar la sujeción. Ayudó a Bea a subir las escaleras y la tumbó sobre
una de las camas, quizá la suya propia, pensó el chaval, si tenía en cuenta la
decoración que presentaba la habitación, con una pared forrada de estanterías
con libros, una cama nido, una mesa de estudio donde reposaba un ordenador
polvoriento, y una guitarra apoyada bajo la ventana. Toni revolvió la casa
buscando algo para dar a Bea, y aunque encontró en uno de los baños una caja
con medicamentos, jeringuillas, vendas y otros utensilios para hacer curas, no
se atrevió a suministrarle nada porque, sencillamente, desconocía qué podía
darle. Ella sin duda lo sabía, pues era enfermera según le contó la noche antes,
pero no parecía en absoluto en condiciones de colaborar.
Apenas
descabezó Toni un ligero sueño en todo el tiempo que transcurrió hasta el
amanecer, en parte por la excitación de los acontecimientos, en parte por el
miedo a que algo pudiera
sorprenderlos mientras dormían. Por eso, nada más salir el sol, repasó la casa
por entero, minuciosamente, con la esperanza de hallar cualquier objeto que pudiera
aprovechar. No se atrevió a salir al exterior por temor a sobreexcitar más de
lo necesario a esos seres, aunque desde las diversas ventanas no parecía que
afuera hubiera gran cosa, no al menos algo útil. Lo cierto es que no sabía en
realidad qué buscaba, pero supuso que al verlo lo reconocería. Desesperanzado,
después de casi una hora de ajetreo, contempló todo el botín encontrado, que se
desparramaba sobre el sofá: la caja del botiquín; el gancho de la chimenea que
había cogido antes de abrir la bodega; una delgada pero resistente cuerda de
nylon de unos diez metros, de las que se usan para escalada; un completo juego
de cuchillos de cocina, ninguno de los cuales medía más de veinte centímetros,
cuya mejor pieza, creía él, era un pequeño machete; un martillo de carpintero
bastante grande; y una linterna con las pilas gastadas.
Echó una
ojeada al conjunto sin mucho ánimo y se decidió por el gancho, que se metió
entre el cinturón y la espalda. Parecía lo bastante sólido para hacer daño, y
lo bastante pesado como para resultar contundente, en caso necesario. Y seguro
que iba a necesitarlo, porque esos engendros no eran la clase de tipos que
atendían a razones. Alguna experiencia ya tenía.
De fondo,
seguía llegando hasta la casa el insistente gemir de la muchedumbre en la
calle, y más cerca, el intermitente ruido de arañazos de la madre de Bea.