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jueves, 23 de enero de 2014

Primera parte. Tres. 2

Día ochenta y cuatro. El sol limpio de noviembre despunta por encima de las copas de los pinos en su lento periplo diario sobre el mundo. La ligera bruma de condensación que se ha formado durante la noche comienza a desgajarse en jirones huidizos que desaparecen a medida que el incandescente disco asciende sobre la línea del horizonte.
Amanece en El Coto. «El sol sale para todos», reza el viejo refrán; solo que unos lo ven y otros no. Toni lo veía desde una ventana de la planta de arriba. Al otro lado del muro de piedra forrado de seto que cerraba el jardín por la parte trasera discurría un camino que, supuso, sería el acceso a la urbanización. Probablemente por donde él mismo, en uno de los autocares, había llegado el día anterior. Quienes no parecían ver el sol eran los deambulantes, que, tenaces, seguían ocupando gran parte de la otra calle, la que daba a la fachada principal de la casa, que se abría, a su vez, al amplio espacio de jardín y aparcamiento del club social. Allí seguían los restos del autocar incendiado, ya frío por la humedad nocturna.
Toni había tenido mucho tiempo para sopesar su situación. Tras cerrar la trampilla de la bodega violentamente al tiempo que sujetaba a la chica para evitar que se metiera allí, tuvo que hacer un gran esfuerzo para tranquilizarla, o por lo menos para evitar que cometiera alguna estupidez. Bea había caído en un estado de estupefacción que la colocaba en algún lugar entre el mundo real y el onírico, pero que le permitía seguir respirando. Su mente había recibido un durísimo golpe al ver a su madre reducida a la condición de monstruo sin el menor atisbo de humanidad, ni por su aspecto, que era tétrico, espectral, ni por lo que sus opacos ojos podían transmitir, alejados definitivamente de la dulzura y comprensión maternales que ella recordaba.
El joven no había tenido valor para golpearla con el gancho de la chimenea, pero, desde luego, no estaba dispuesto a dejarla salir de su lóbrega guarida. Después de asegurar la trampilla, había desplazado uno de los pesados sofás sobre ella para reforzar la sujeción. Ayudó a Bea a subir las escaleras y la tumbó sobre una de las camas, quizá la suya propia, pensó el chaval, si tenía en cuenta la decoración que presentaba la habitación, con una pared forrada de estanterías con libros, una cama nido, una mesa de estudio donde reposaba un ordenador polvoriento, y una guitarra apoyada bajo la ventana. Toni revolvió la casa buscando algo para dar a Bea, y aunque encontró en uno de los baños una caja con medicamentos, jeringuillas, vendas y otros utensilios para hacer curas, no se atrevió a suministrarle nada porque, sencillamente, desconocía qué podía darle. Ella sin duda lo sabía, pues era enfermera según le contó la noche antes, pero no parecía en absoluto en condiciones de colaborar.
Apenas descabezó Toni un ligero sueño en todo el tiempo que transcurrió hasta el amanecer, en parte por la excitación de los acontecimientos, en parte por el miedo a que algo pudiera sorprenderlos mientras dormían. Por eso, nada más salir el sol, repasó la casa por entero, minuciosamente, con la esperanza de hallar cualquier objeto que pudiera aprovechar. No se atrevió a salir al exterior por temor a sobreexcitar más de lo necesario a esos seres, aunque desde las diversas ventanas no parecía que afuera hubiera gran cosa, no al menos algo útil. Lo cierto es que no sabía en realidad qué buscaba, pero supuso que al verlo lo reconocería. Desesperanzado, después de casi una hora de ajetreo, contempló todo el botín encontrado, que se desparramaba sobre el sofá: la caja del botiquín; el gancho de la chimenea que había cogido antes de abrir la bodega; una delgada pero resistente cuerda de nylon de unos diez metros, de las que se usan para escalada; un completo juego de cuchillos de cocina, ninguno de los cuales medía más de veinte centímetros, cuya mejor pieza, creía él, era un pequeño machete; un martillo de carpintero bastante grande; y una linterna con las pilas gastadas.
Echó una ojeada al conjunto sin mucho ánimo y se decidió por el gancho, que se metió entre el cinturón y la espalda. Parecía lo bastante sólido para hacer daño, y lo bastante pesado como para resultar contundente, en caso necesario. Y seguro que iba a necesitarlo, porque esos engendros no eran la clase de tipos que atendían a razones. Alguna experiencia ya tenía.
De fondo, seguía llegando hasta la casa el insistente gemir de la muchedumbre en la calle, y más cerca, el intermitente ruido de arañazos de la madre de Bea.