Se miraron,
sobresaltados. No había ninguna duda. Por encima del rumor de fondo que continuamente
provocaban los deambulantes en la calle, Bea y Toni fueron plenamente
conscientes del golpe que habían escuchado. Había sonado cerca. Y había sonado dentro.
Bea había
dejado de llorar de repente. El susto pudo más que la tristeza que sentía. Durante
unos instantes, nada. Solo el rumor de los muertos… Después, otra vez. El golpe
sordo, amortiguado. Y un roce, como de madera, como de uñas…
–¿No
dijiste que estaba limpia?
–¿Y tú no
habías estado aquí antes con tu amigo?
Comprendieron
que recriminarse mutuamente no iba a servirles de mucha ayuda y callaron. De
nuevo el roce. Algo estaba arañando algo. ¿Pero qué y dónde? Eran preguntas que
ninguno de ellos quería responder, por lo menos no de forma inmediata, porque
el miedo los ataba a sus asientos. Pronto la respiración agitada de Bea comenzó
a mezclarse con el rumor que provenía de la calle y con el ruido del roce que
habían comenzado a escuchar.
Toni se
puso el dedo índice sobre los labios mirando fijamente a la enfermera. Se
levantó despacio y comenzó a intentar captar el origen de lo que quiera que
estuviera produciendo ese ruido. Bea luchaba por controlarse, inspirando
profundamente y llenado su abdomen de aire, en un ejercicio correcto de
respiración. El chaval dio un paso, y el suelo de madera crujió bajo sus pies;
de inmediato, la intensidad de los arañazos aumentó.
«¡La bodega, Dios mío, viene de la bodega!»,
susurró Bea. «¿Qué bodega?», preguntó
Toni. Ella le indicó con el brazo extendido el lugar sobre el que se había
detenido. Muy despacio, el chico se desplazó hacia atrás, saliendo del
perímetro de la alfombra, que tenía ese color indefinido que el polvo acumulado
solía prestar a los objetos tras tapizarlos por completo. La agarró por el
borde con delicadeza y la levantó lentamente hasta que la trampilla quedó al
descubierto. Tras darse cuenta del pasador de hierro que cerraba el acceso, y hablando
en voz muy baja, el chico preguntó.
–¿Qué hay
aquí?
–Mi padre
guardaba ahí unas botellas de vino… Pero es muy pequeña…
–Pequeña o
grande, algo quiere salir, tía…
Los
arañazos eran más intensos ahora. Incluso podían ver cómo la trampilla se movía
arriba y abajo, apenas unos milímetros, justo lo que el cerrojo permitía a la
puerta, construida con la misma recia tarima que el suelo. El chico miró alrededor,
buscando algo. Dio dos pasos y cogió un gancho de hierro que descansaba en un
cubo delante de la chimenea, junto a otros accesorios.
–¿Preparada?
–¿Qué vas
a hacer? Ni se te ocurra quitar ese cerrojo…
–Escucha.
Esto me gusta tanto como a ti, pero si vamos a pasar algún tiempo en tu casa,
estoy seguro de que no podré dormir sabiendo que aquí hay algo que no debería estar…
Bea no
parecía entender los razonamientos lógicos de Toni. O no quería. Algo en su
interior le decía que lo que quiera que hubiese allí abajo no le iba a gustar.
Nada.
–Te lo
suplico, por lo que más quieras, no abras… Vámonos a la casa del vecino, o a
otra… no sé, adonde sea, pero no abras…no abras…
Demasiado
tarde. Con un rápido movimiento, Toni corrió el cerrojo, tiró de él para
levantar la trampilla y dio un paso atrás. Ya podían ver qué estaba arañando la
madera. Bea se quedó paralizada de miedo. Pero también de pena. Y de rabia.
Apenas podía apartar la vista de la abertura de la bodega donde su padre
guardaba el vino… y algo más.
–¡Oh no…
oh no… oh no… Mamáaaaaaaaaaa…!