No sabía
cuánto tiempo había estado hablando, pero cuando acabó se sintió terriblemente
cansada, como si aquello lo hubiera repetido mil veces y sin embargo fuera un
relato ajeno, de otra persona. Ella no se sentía en absoluto protagonista de su
propia vida, no al menos desde hacía tres largos meses…
Le contó
al chaval, Antonio, «aunque todos me
llaman Toni», que ella vivía allí cuando todo comenzó. Le dijo que era
enfermera, y que trabajaba en el Hospital Clínico de Valladolid, en el Servicio
de Cirugía Vascular de la novena planta. La casa era de sus padres, que la
ocupaban durante todo el año al ser la única que poseían. En el resto de El
Coto apenas vivía gente de manera permanente, y solo iban a pasar fines de
semana o parte del verano, ya que se encontraba a solo 15 km de Valladolid.
Dado que la epidemia se desató en pleno agosto, El Coto estaba abarrotado de
familias con montones de críos que gozaban en las grandes piscinas del club
social.
¿Que cómo
empezó todo? No lo sabía. Nadie se lo dijo jamás. Ni antes, ni durante ni, tan
siquiera, cuando la pesadilla pareció acabar. Solo era consciente de que fue
movilizada durante su turno de trabajo ese fatídico 14 de agosto, justo antes
de que cogiera las vacaciones. Todo el personal del centro sanitario había sido
igualmente movilizado, por otra parte, pues los militares, con equipo de
combate, ocuparon el hospital bruscamente esa mañana, estableciendo una
cuarentena. Sobre todo en las plantas décima y undécima, donde estaban
hospitalizados los infecciosos y los pacientes de psiquiatría, que inmediatamente
fueron cerradas y restringido el acceso.
Dos días
enteros había estado de guardia permanente, atendiendo cada hora que pasaba a
más y más personas, que acudían al hospital de manera continua. ¿Qué podía
haber ocurrido ahí fuera para que todo se complicara de esa manera? Nadie decía
nada claro. Solo rumores, especulaciones… Lo que sí supo en seguida es que
estaban aislados del exterior. Nadie tenía autorización para salir, los
teléfonos no daban línea, ni los fijos ni los móviles. Solo los militares
parecían en condiciones de recibir y transmitir, pero, por supuesto, no
atendían los requerimientos del personal sanitario.
–¿Y
después?
–¿Después
de qué? –preguntó Bea a su vez, confusa, como si no hubiera entendido la
pregunta de Toni.
–Sí, tía,
después de la evacuación…
Bea
permaneció en silencio. Todavía tenía ligeras palpitaciones; todavía estaba
asustada. Se levantó y se sirvió una nueva dosis de ron, que apuró, como un
rato antes, de un rápido trago, en el mejor estilo de los bares de carretera de
las películas estadounidenses…
–Después…
nos metieron en la zona 47… Qué nombre más misterioso, ¿no? –volvió al sofá,
pero esta vez se sentó junto al chaval, necesitaba calor, compañía,
protección…–. Y solo eran unas pocas manzanas de edificios rodeadas de
alambradas y bloques de hormigón… La zona 47…
–¿Y habéis
estado ahí hasta ahora? ¿Sin salir?
–Claro,
chico. ¿Adónde íbamos a ir? Solo los militares tenían permiso para hacer
expediciones… Cuando hacían falta medicinas, o comida… Y a veces no todos
regresaban… ¿Qué día es hoy?
Toni se
quedó en suspenso. No tenía ni idea. Además, no sabía qué importancia podía
tener eso.
–Yo qué
sé… noviembre, creo…
–Sí, pero,
¿qué día?
–Que no
sé…, ¿qué más da?
El chaval
pensó que a la enfermera se le había ido la pinza. Miraba al frente sin
expresión, con los ojos clavados en la ventana, pero sin ver nada a través de
ella, no solo porque era de noche, sino porque en su cabeza el bloqueo era casi
total: estaba sumamente
concentrada en intentar recordar la fecha.
–Ayer…
ayer… –volvió a hablar la joven– pareció que todo había cambiado, que la
pesadilla había terminado… No había ni rastro de esos seres horribles… De
repente, habían desaparecido.
–Qué
coincidencia: en Madrid pasó lo mismo –dijo Toni.
–¿Vienes
de Madrid? ¿También estabas en una zona de evacuación?
–No, tía,
¡qué va!, iba a mi bola... Que yo sepa, en el Foro no había zonas de esas que
dices... –el chico paró de hablar, parecía incluso que estaba reflexionando al
respecto–. Por lo menos la peña con la que andaba no hablaba de eso… Pero ayer
los bichos se esfumaron, así, sin más… muy raro, tía…
–Cuatro.
–¿Qué?
–4 de
noviembre. Hoy es 4 de noviembre.
–Bueno…
De nuevo, Bea
permaneció callada unos minutos. Intentaba recordar algo que no acababa de ver
con claridad. Su rostro reflejó una variada gama de expresiones y gestos
mientras realizaba el esfuerzo mental, y Toni la observaba con intriga; no
demasiada, pero algo.
–Sí, ayer
fue día 3. Estoy segura. Los soldados salieron de la Zona y comenzaron a
patrullar por los alrededores. No había ni rastro de esos seres por la calle,
parecía que se los había tragado la tierra, pero, en realidad, estaban en los
edificios, se habían metido en cualquier sitio donde estuvieran a cubierto… No
me preguntes por qué…
–Descuida,
no te lo preguntaré…
Bea, una
vez retomado el hilo de su pensamiento con cierta coherencia, siguió hablando,
rememorando lo sucedido las horas anteriores a los acontecimientos que les
habían obligado esa noche a estar allí, sentados, rodeados de muertos…
–Por la
noche, el mando militar de la Zona de Evacuación dijo que al día siguiente
autorizaría a los civiles la salida en pequeños grupos, si todo seguía sin
novedad. Parecía que, por fin, después de casi tres meses, se terminaba la
cuarentena…
–¿Y salisteis? –el chaval se rascó la cabeza, dándose cuenta inmediatamente de su
propia estupidez–. Claro, qué pregunta…
–Sí.
Salimos. Jon y yo salimos… Nos habíamos hecho amigos durante la cuarentena. La
Zona no era muy grande, ¿sabes?, y estábamos bastante apretados… Yo llevaba
todo ese tiempo sin saber nada de mis padres, así que, en cuanto retiraron los
bloqueos, cogimos el primer coche que arrancó y vinimos aquí…
Bea no
pudo seguir hablando. Agachó la cabeza y ocultó el rostro entre sus manos. Comenzó
a sollozar…
–Vale,
tía. El resto ya lo sé… más o menos.