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sábado, 18 de enero de 2014

Primera parte. Dos. 2

No sabía cuánto tiempo había estado hablando, pero cuando acabó se sintió terriblemente cansada, como si aquello lo hubiera repetido mil veces y sin embargo fuera un relato ajeno, de otra persona. Ella no se sentía en absoluto protagonista de su propia vida, no al menos desde hacía tres largos meses…
Le contó al chaval, Antonio, «aunque todos me llaman Toni», que ella vivía allí cuando todo comenzó. Le dijo que era enfermera, y que trabajaba en el Hospital Clínico de Valladolid, en el Servicio de Cirugía Vascular de la novena planta. La casa era de sus padres, que la ocupaban durante todo el año al ser la única que poseían. En el resto de El Coto apenas vivía gente de manera permanente, y solo iban a pasar fines de semana o parte del verano, ya que se encontraba a solo 15 km de Valladolid. Dado que la epidemia se desató en pleno agosto, El Coto estaba abarrotado de familias con montones de críos que gozaban en las grandes piscinas del club social.
¿Que cómo empezó todo? No lo sabía. Nadie se lo dijo jamás. Ni antes, ni durante ni, tan siquiera, cuando la pesadilla pareció acabar. Solo era consciente de que fue movilizada durante su turno de trabajo ese fatídico 14 de agosto, justo antes de que cogiera las vacaciones. Todo el personal del centro sanitario había sido igualmente movilizado, por otra parte, pues los militares, con equipo de combate, ocuparon el hospital bruscamente esa mañana, estableciendo una cuarentena. Sobre todo en las plantas décima y undécima, donde estaban hospitalizados los infecciosos y los pacientes de psiquiatría, que inmediatamente fueron cerradas y restringido el acceso.
Dos días enteros había estado de guardia permanente, atendiendo cada hora que pasaba a más y más personas, que acudían al hospital de manera continua. ¿Qué podía haber ocurrido ahí fuera para que todo se complicara de esa manera? Nadie decía nada claro. Solo rumores, especulaciones… Lo que sí supo en seguida es que estaban aislados del exterior. Nadie tenía autorización para salir, los teléfonos no daban línea, ni los fijos ni los móviles. Solo los militares parecían en condiciones de recibir y transmitir, pero, por supuesto, no atendían los requerimientos del personal sanitario.
–¿Y después?
–¿Después de qué? –preguntó Bea a su vez, confusa, como si no hubiera entendido la pregunta de Toni.
–Sí, tía, después de la evacuación…
Bea permaneció en silencio. Todavía tenía ligeras palpitaciones; todavía estaba asustada. Se levantó y se sirvió una nueva dosis de ron, que apuró, como un rato antes, de un rápido trago, en el mejor estilo de los bares de carretera de las películas estadounidenses…
–Después… nos metieron en la zona 47… Qué nombre más misterioso, ¿no? –volvió al sofá, pero esta vez se sentó junto al chaval, necesitaba calor, compañía, protección…–. Y solo eran unas pocas manzanas de edificios rodeadas de alambradas y bloques de hormigón… La zona 47…
–¿Y habéis estado ahí hasta ahora? ¿Sin salir?
–Claro, chico. ¿Adónde íbamos a ir? Solo los militares tenían permiso para hacer expediciones… Cuando hacían falta medicinas, o comida… Y a veces no todos regresaban… ¿Qué día es hoy?
Toni se quedó en suspenso. No tenía ni idea. Además, no sabía qué importancia podía tener eso.
–Yo qué sé… noviembre, creo…
–Sí, pero, ¿qué día?
–Que no sé…, ¿qué más da?
El chaval pensó que a la enfermera se le había ido la pinza. Miraba al frente sin expresión, con los ojos clavados en la ventana, pero sin ver nada a través de ella, no solo porque era de noche, sino porque en su cabeza el bloqueo era casi total: estaba sumamente concentrada en intentar recordar la fecha.
–Ayer… ayer… –volvió a hablar la joven– pareció que todo había cambiado, que la pesadilla había terminado… No había ni rastro de esos seres horribles… De repente, habían desaparecido.
–Qué coincidencia: en Madrid pasó lo mismo –dijo Toni.
–¿Vienes de Madrid? ¿También estabas en una zona de evacuación?
–No, tía, ¡qué va!, iba a mi bola... Que yo sepa, en el Foro no había zonas de esas que dices... –el chico paró de hablar, parecía incluso que estaba reflexionando al respecto–. Por lo menos la peña con la que andaba no hablaba de eso… Pero ayer los bichos se esfumaron, así, sin más… muy raro, tía…
–Cuatro.
–¿Qué?
–4 de noviembre. Hoy es 4 de noviembre.
–Bueno…
De nuevo, Bea permaneció callada unos minutos. Intentaba recordar algo que no acababa de ver con claridad. Su rostro reflejó una variada gama de expresiones y gestos mientras realizaba el esfuerzo mental, y Toni la observaba con intriga; no demasiada, pero algo.
–Sí, ayer fue día 3. Estoy segura. Los soldados salieron de la Zona y comenzaron a patrullar por los alrededores. No había ni rastro de esos seres por la calle, parecía que se los había tragado la tierra, pero, en realidad, estaban en los edificios, se habían metido en cualquier sitio donde estuvieran a cubierto… No me preguntes por qué…
–Descuida, no te lo preguntaré…
Bea, una vez retomado el hilo de su pensamiento con cierta coherencia, siguió hablando, rememorando lo sucedido las horas anteriores a los acontecimientos que les habían obligado esa noche a estar allí, sentados, rodeados de muertos…
–Por la noche, el mando militar de la Zona de Evacuación dijo que al día siguiente autorizaría a los civiles la salida en pequeños grupos, si todo seguía sin novedad. Parecía que, por fin, después de casi tres meses, se terminaba la cuarentena…
–¿Y salisteis? –el chaval se rascó la cabeza, dándose cuenta inmediatamente de su propia estupidez–. Claro, qué pregunta…
–Sí. Salimos. Jon y yo salimos… Nos habíamos hecho amigos durante la cuarentena. La Zona no era muy grande, ¿sabes?, y estábamos bastante apretados… Yo llevaba todo ese tiempo sin saber nada de mis padres, así que, en cuanto retiraron los bloqueos, cogimos el primer coche que arrancó y vinimos aquí…
Bea no pudo seguir hablando. Agachó la cabeza y ocultó el rostro entre sus manos. Comenzó a sollozar…
–Vale, tía. El resto ya lo sé… más o menos.