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jueves, 16 de enero de 2014

Primera parte. Dos. 1

Bea y el chico bajaron desde el lateral del autocar hasta el jardín del chalé, dejándose caer prácticamente por el tronco del pino derribado, arañándose con el ramaje. Los deambulantes se agolparon entonces contra la verja tratando inútilmente de agarrarlos. Por suerte, el boquete que el impacto del accidente había abierto en el muro estaba completamente bloqueado por el propio autobús, de modo que no había manera de que pudieran acceder al interior del recinto.
Los gemidos sonaban amenazadores, y aunque la descuidada vegetación de la verja los ocultaba a la vista de los muertos, su sola presencia era detectada por ellos de alguna manera, quizá por el oído o por algún instinto primordial que anidaba en sus cerebros.
–Vamos dentro, puede que si no nos ven se tranquilicen un poco…
Bea comenzó a caminar tras el muchacho, que se dirigía con cautela hacia la gran casa de dos plantas que ocupaba el centro de la parcela. Sin embargo, tras dar tres pasos, le agarró por la manga y tiró de ella con fuerza.
–No. Allí, la otra… –dijo mientras señalaba con la barbilla la casa de al lado, de la que les separaba una valla medianera de piedra cubierta por leylandis.
–¿Y qué más nos da ésta que aquélla, tía, con tal de que esté limpia?
–Ésa es mi casa.
* * *
Bea recordaba vagamente que al salir con Jon tras oír el ruido de los autocares había dejado la puerta de acceso a la parcela abierta. De modo que lo primero que hizo cuando consiguieron saltar el muro de separación entre ambos chalés fue correr como una posesa hacia la valla de la calle para empujar con fuerza la hoja de la puerta de barrotes metálicos que estaba, en efecto, de par en par.
A tiempo.
Los primeros deambulantes se habían ya aproximado peligrosamente, atraídos por los movimientos de ambos jóvenes al cambiar de parcela. Al cerrarse, la pesada puerta de hierro cortó limpiamente el brazo de uno de ellos, que ya estaba a punto de cruzar el umbral. El fuerte golpe del portazo hizo que saliera despedido hacia atrás arrastrando en su caída a otros dos que estaban a su lado. Con torpes movimientos se incorporaron de nuevo entre gruñidos, aferrándose a continuación a los barrotes. Tras ellos llegaron los demás, hasta que la calle entera parecía un reguero de siniestras hormigas que no iban a ningún lado. Solo gemían y agitaban sus manos al viento, y empujaban inútilmente la sólida estructura de hierro. Por suerte la puerta era de resbalón, y solo podía abrirse con llave. Una llave que ella tenía, al igual que las del resto de la casa.
La enfermera regresó junto al chaval, que la esperaba en medio de la hierba asilvestrada. Bea se movía con evidente dificultad, y sus movimientos parecían carecer de total coordinación a causa de los temblores de pánico que recorrían su cuerpo.
Al llegar ante la entornada puerta se detuvo con un quejido, mientras hipaba desconsoladamente. Ni siquiera el afectuoso contacto del chico, que le pasaba un brazo por los hombros, consiguió calmarla lo suficiente para poder articular palabras coherentes. Del interior no provenía sonido alguno. Si hubiera algún tipo de esos lo más probable es que hubiera salido ya con tanto alboroto, y que anduviera por la calle o quizá por el propio jardín. Pero en la parcela no habían visto a ninguno; claro que no les había dado tiempo aún a comprobar la parte de atrás…
El joven dudaba entre obligarla a entrar o dejarla allí sola mientras él inspeccionaba el interior. Por fin, se decidió a echar un vistazo. Al cabo de unos minutos durante los que Bea no hacía otra cosa que volver la cabeza hacia la valla de la calle para ver cómo se desesperaban los deambulantes por no poder acceder a la parcela, la cabeza del chaval apareció junto al marco de la puerta. Intentó media sonrisa que solo se quedó en media mueca y asintió.
–Podemos entrar.
Bea se derrumbó en el amplio sofá del comedor mientras el chico cerraba la puerta, no sin antes quitar las llaves que estaban puestas por fuera. Miró a su alrededor, haciéndose cargo de lo que veía. Un amplio salón con una gran chimenea de pizarra con hogar de hierro fundido presidiéndolo; dos sofás enfrentados que parecían bastante cómodos; una mesa de pino alargada con ocho sillas guardándola; una enorme librería de madera repleta de libros, que cubría completamente la pared del fondo; y un espacio en un rincón con una discreta barra de bar y un sillón mullido de lectura con lámpara de pie al lado. Además, por supuesto, dos ventanales, uno de ellos de esquina. Del fondo, al lado de la librería, arrancaba una escalera de madera vista, y a su izquierda se abría un hueco que distribuía el resto de habitaciones.
–Me muero de sed…
Bea pareció salir de su letargo. Sin hipar ya, se levantó y se dirigió al pequeño bar, sin decidirse por ninguna de las botellas que acumulaban polvo allí. En el suelo, bajo el mostrador y el fregadero de cerámica, tres garrafas de seis litros cada una, llenas de agua. El chaval rompió el silencio, con cierto deje irónico en su voz.
–No me vendría mal un lingotazo… pero supongo que todavía no tengo edad. Me conformo con agua, tía…
La joven se agachó para agarrar un bidón de agua. Lo levantó y desenroscó el tapón, metiendo la nariz casi hasta el borde del envase. Después cogió un vaso igualmente polvoriento y, tras soplarlo, lo que levantó una pequeña polvareda, lo depositó en la barra y vertió agua en él, derramando parte fuera.
–¡Cuidado, no la tires! Todavía no sabemos cuánto tiempo tendremos que estar aquí –se apresuró a decir el chaval mientras se plantaba delante de Bea y cogía el vaso con avidez.
–No creo que esté mala, pero lleva aquí tres meses por lo menos…
El chico no se lo pensó más y bebió hasta la última gota. Soltó un sonoro eructo.
–Perdón… –no es que le importara demasiado aparentar buena educación, pero Bea se le había quedado mirando con una mueca de disgusto pintada en su cara, así que pensó que una disculpa no podría empeorar las cosas–. Parece que está buena. Sabe un poco, pero…
Bea se sirvió también un vaso, y llenó de nuevo el de su joven compañero. Después, agarró la primera botella de licor que tenía a mano y llenó el vaso en el que instantes antes había estado el agua. Sin pensárselo dos veces lo vació de un trago. No era una experta bebedora. Ni siquiera bebía habitualmente, pero en esa ocasión el ron le supo a delicias celestiales. Ni siquiera tosió mientras la garganta le ardía, y después el estómago. Miró inquisitiva al chaval, quien con un gesto declinó la muda invitación.
–Paso… Nada de drogas, nada de alcohol, nada de tías…
Se sentaron ambos. Cada uno en un sofá, uno enfrente del otro. Se notaban demasiado cansados para estar de pie, pero al mismo tiempo su estado de tensión y excitación les impedía permanecer quietos o callados durante mucho rato. El chico, como hasta entonces, pareció llevar la iniciativa.
–Bueno, ¿tienes alguna historia? –preguntó mientras, de reojo, lanzaba una mirada desconfiada al gran ventanal esquinero a través del cual se veía la calle al otro lado de la valla, infestada de deambulantes. No le gustaba el hecho de que las ventanas no tuvieran verjas. Las de la otra casa, en la parcela vecina, a la que habían accedido desde el autocar volcado, sí tenían. Sólidas verjas de hierro negro…