Bea y el
chico bajaron desde el lateral del autocar hasta el jardín del chalé, dejándose
caer prácticamente por el tronco del pino derribado, arañándose con el ramaje. Los deambulantes se agolparon entonces contra la verja tratando
inútilmente de agarrarlos. Por suerte, el boquete que el impacto del accidente
había abierto en el muro estaba completamente bloqueado por el propio autobús,
de modo que no había manera de que pudieran acceder al interior del recinto.
Los
gemidos sonaban amenazadores, y aunque la descuidada vegetación de la verja los
ocultaba a la vista de los muertos, su sola presencia era detectada por ellos
de alguna manera, quizá por el oído o por algún instinto primordial que anidaba
en sus cerebros.
–Vamos
dentro, puede que si no nos ven se tranquilicen un poco…
Bea comenzó a caminar tras el muchacho, que se dirigía con cautela hacia la
gran casa de dos plantas que ocupaba el centro de la parcela. Sin embargo, tras
dar tres pasos, le agarró por la manga y tiró de ella con fuerza.
–No. Allí,
la otra… –dijo mientras señalaba con la barbilla la casa de al lado, de la que
les separaba una valla medianera de piedra cubierta por leylandis.
–¿Y qué
más nos da ésta que aquélla, tía, con tal de que esté limpia?
–Ésa es mi
casa.
* * *
Bea
recordaba vagamente que al salir con Jon tras oír el ruido de los autocares
había dejado la puerta de acceso a la parcela abierta. De modo que lo primero
que hizo cuando consiguieron saltar el muro de separación entre ambos chalés
fue correr como una posesa hacia la valla de la calle para empujar con fuerza
la hoja de la puerta de barrotes metálicos que estaba, en efecto, de par en par.
A tiempo.
Los
primeros deambulantes se habían ya aproximado peligrosamente, atraídos por los
movimientos de ambos jóvenes al cambiar de parcela. Al cerrarse, la pesada
puerta de hierro cortó limpiamente el brazo de uno de ellos, que ya estaba a
punto de cruzar el umbral. El fuerte golpe del portazo hizo que saliera despedido
hacia atrás arrastrando en su caída a otros dos que estaban a su lado. Con
torpes movimientos se incorporaron de nuevo entre gruñidos, aferrándose a
continuación a los barrotes. Tras ellos llegaron los demás, hasta que la calle
entera parecía un reguero de siniestras hormigas que no iban a ningún lado.
Solo gemían y agitaban sus manos al viento, y empujaban inútilmente la sólida
estructura de hierro. Por suerte la puerta era de resbalón, y solo podía
abrirse con llave. Una llave que ella tenía, al igual que las del resto de la
casa.
La
enfermera regresó junto al chaval, que la esperaba en medio de la hierba
asilvestrada. Bea se movía con evidente dificultad, y sus movimientos parecían
carecer de total coordinación a causa de los temblores de pánico que recorrían
su cuerpo.
Al llegar
ante la entornada puerta se detuvo con un quejido, mientras hipaba
desconsoladamente. Ni siquiera el afectuoso contacto del chico, que le pasaba
un brazo por los hombros, consiguió calmarla lo suficiente para poder articular
palabras coherentes. Del interior no provenía sonido alguno. Si hubiera algún
tipo de esos lo más probable es que hubiera salido ya con tanto alboroto, y que
anduviera por la calle o quizá por el propio jardín. Pero en la parcela no
habían visto a ninguno; claro que no les había dado tiempo aún a comprobar la
parte de atrás…
El joven
dudaba entre obligarla a entrar o dejarla allí sola mientras él inspeccionaba
el interior. Por fin, se decidió a echar un vistazo. Al cabo de unos minutos
durante los que Bea no hacía otra cosa que volver la cabeza hacia la valla de
la calle para ver cómo se desesperaban los deambulantes por no poder acceder a
la parcela, la cabeza del chaval apareció junto al marco de la puerta. Intentó
media sonrisa que solo se quedó en media mueca y asintió.
–Podemos
entrar.
Bea se
derrumbó en el amplio sofá del comedor mientras el chico cerraba la puerta, no
sin antes quitar las llaves que estaban puestas por fuera. Miró a su alrededor,
haciéndose cargo de lo que veía. Un amplio salón con una gran chimenea de
pizarra con hogar de hierro fundido presidiéndolo; dos sofás enfrentados que parecían
bastante cómodos; una mesa de pino alargada con ocho sillas
guardándola; una enorme librería de madera repleta de libros, que cubría
completamente la pared del fondo; y un espacio en un rincón con una discreta
barra de bar y un sillón mullido de lectura con lámpara de pie al lado. Además,
por supuesto, dos ventanales, uno de ellos de esquina. Del fondo, al lado de la
librería, arrancaba una escalera de madera vista, y a su izquierda se abría un
hueco que distribuía el resto de habitaciones.
–Me muero
de sed…
Bea
pareció salir de su letargo. Sin hipar ya, se levantó y se dirigió al pequeño
bar, sin decidirse por ninguna de las botellas que acumulaban polvo allí. En el
suelo, bajo el mostrador y el fregadero de cerámica, tres garrafas de seis
litros cada una, llenas de agua. El chaval rompió el silencio, con cierto deje
irónico en su voz.
–No me
vendría mal un lingotazo… pero supongo que todavía no tengo edad. Me conformo
con agua, tía…
La joven
se agachó para agarrar un bidón de agua. Lo levantó y desenroscó el tapón,
metiendo la nariz casi hasta el borde del envase. Después cogió un vaso
igualmente polvoriento y, tras soplarlo, lo que levantó una pequeña polvareda,
lo depositó en la barra y vertió agua en él, derramando parte fuera.
–¡Cuidado,
no la tires! Todavía no sabemos cuánto tiempo tendremos que estar aquí –se
apresuró a decir el chaval mientras se plantaba delante de Bea y cogía el vaso
con avidez.
–No creo
que esté mala, pero lleva aquí tres meses por lo menos…
El chico
no se lo pensó más y bebió hasta la última gota. Soltó un sonoro eructo.
–Perdón…
–no es que le importara demasiado aparentar buena educación, pero Bea se le
había quedado mirando con una mueca de disgusto pintada en su cara, así que
pensó que una disculpa no podría empeorar las cosas–. Parece que está buena.
Sabe un poco, pero…
Bea se
sirvió también un vaso, y llenó de nuevo el de su joven compañero. Después,
agarró la primera botella de licor que tenía a mano y llenó el vaso en el que
instantes antes había estado el agua. Sin pensárselo dos veces lo vació de un
trago. No era una experta bebedora. Ni siquiera bebía habitualmente, pero en
esa ocasión el ron le supo a delicias celestiales. Ni siquiera tosió mientras
la garganta le ardía, y después el estómago. Miró inquisitiva al chaval, quien
con un gesto declinó la muda invitación.
–Paso…
Nada de drogas, nada de alcohol, nada de tías…
Se
sentaron ambos. Cada uno en un sofá, uno enfrente del otro. Se notaban
demasiado cansados para estar de pie, pero al mismo tiempo su estado de tensión
y excitación les impedía permanecer quietos o callados durante mucho rato. El
chico, como hasta entonces, pareció llevar la iniciativa.
–Bueno,
¿tienes alguna historia? –preguntó mientras, de reojo, lanzaba una mirada
desconfiada al gran ventanal esquinero a través del cual se veía la calle al
otro lado de la valla, infestada de deambulantes. No le gustaba el hecho de que
las ventanas no tuvieran verjas. Las de la otra casa, en la parcela vecina, a
la que habían accedido desde el autocar volcado, sí tenían. Sólidas verjas de
hierro negro…