¿Nunca se
iban a cansar esos seres abominables de gemir, de arrastrar los pies, de
agarrarse con ansia a las verjas, de mirar insensiblemente hacia ellos, de
exhibirse de esa manera obscena, de estar ahí, con el odio y el hambre reflejados
en sus horribles rostros?
La
tremenda presión que habían estado ejerciendo durante horas contra el autocar
empotrado en el muro del vecino había, por fin, dado su fruto. Aunque apenas
fueron unos centímetros al principio, pronto el hueco que los deambulantes
abrieron entre el bus y la valla se agrandó lo suficiente para que comenzaran a
entrar por decenas en la parcela, invadiendo el jardín y agolpándose contra el
muro medianero que les separaba de sus presas. El olor del humo que habían detectado
la noche anterior no podía engañarlos: allí, muy cerca, al otro lado de esa
estúpida fila de piedra y vegetación que no les dejaba avanzar, había comida.
Bea y Toni
contemplaban desde la ventana de la habitación de la joven, con el corazón
encogido, el macabro espectáculo, en el que ellos, a poco que se descuidaran,
serían los protagonistas invitados.
–¿Qué
vamos a hacer, Toni? Cada vez son más…
–Sí… y no
lo entiendo. En los dos autocares veníamos unas cien personas, y descontando a
los que achicharré la otra noche… no tengo ni puta idea de dónde han salido
tantos…
En pleno día, aunque el cielo estaba muy oscuro, desde su cuarto Bea tenía una
perfecta perspectiva tanto del jardín del vecino, plagado de monstruos, como
del suyo propio, despejado de momento. Podía ver, además, el techo de su coche
aparcado frente a la puerta de la calle. Bea se esforzó por mirar más
atentamente la informe marea humana, o mejor sería decir inhumana, que se
desplegaba bajo sus pies. Su mirada saltaba de uno a otro ser, escudriñando sus
rostros deformados, sus ropas convertidas en harapos en muchos casos. Le parecía…
creía ver en algunos de esos engendros rasgos conocidos. O puede que
simplemente estuviera adivinándolos, o que quisiera
verlos.
–Son la
gente del pueblo –afirmó tajante. Toni se volvió a mirarla, una vez más,
perplejo. Esa chica no dejaba de sorprenderlo.
–¿Tú
crees?
–Estoy
segura. Bueno, casi… –extendió el brazo afinándolo en el dedo índice de su mano
izquierda–. ¿Ves a esa… mujer tan gorda de ahí? Creo que es Chon, la panadera
de Segura. ¡Dios mío, cómo está…!
El ser que
estaba señalando era una mujer que al menos pesaría ciento veinte kilos, de
unos cincuenta años, muy morena, con una camiseta blanca rasgada que le llegaba
hasta las rodillas y que dejaba ver un pecho enorme manchado de sangre. Con
todo, lo más espeluznante era que el brazo derecho le colgaba del muñón, apenas
sujeto por unos tendones.
–Ojalá
todos esos seres horribles no estuvieran ahí…
–Bueno
–respondió Toni a modo de reflexión–, podría ser peor. Imagínate que en lugar
de torpes tancredos que afortunadamente para nosotros no saben ni atarse los
cordones, fueran esos mismos vecinos pero vivos y cabreados de verdad por algo.
Entonces la verja de la calle no los detendría, y hace ya mucho rato que
estaríamos muertos.
Bea no
pudo evitar una sonrisa cansada. Después, comenzó a puntear en voz baja a varios deambulantes
más, poniéndoles nombre y profesión. No le cabía ya ninguna duda, eran sus
vecinos, los habitantes de Viana y de la urbanización, los que se amontonaban
contra los muros que rodeaban su casa. Eran sus propios vecinos los que querían
comerla viva… Nunca hasta ese momento, ni en los peores días en la Zona de
Evacuación, cuando la esperanza era una mercancía de altísimo precio, se había
sentido tan desdichada y perdida.
–Vale... –asintió Toni, a quien le importaba un bledo que los muertos fueran
conocidos o vecinos o amigos de Bea–. Pero eso no cambia el panorama, señorita
enfermera. Seguimos teniendo el mismo problema: ¿cómo vamos a salir de aquí?