Día
ochenta y cinco. Ya había amanecido, pero la
luminosidad era escasa a causa de las nubes bajas y densas que con toda
probabilidad, no tardando mucho, dejarían lluvia. La borrasca que había entrado
por Galicia el día antes ya estaba allí. Lástima de telediarios…
Bea seguía
durmiendo arriba, en su habitación, en tanto Toni había preferido quedarse en
el sofá del salón, en parte por el calor de los rescoldos de la chimenea y en
parte para evitar que la enfermera cometiera alguna tontería en lo referente a
su madre… El chico no estaba del todo seguro de que Bea hubiera recuperado
completamente el equilibrio emocional, aunque, por otra parte, ¿quién podría
hacerlo, en sus circunstancias? Quizá él. Pero eso era diferente, porque él no
tenía ya familia digna de ese nombre, y a nadie le importaba una mierda qué
fuera de él, algo que, de todas formas, era recíproco.
Por más
que le había dado vueltas, ni siquiera sabía por qué se había lanzado al
rescate de la chica cuando lo más sencillo habría sido buscarse la vida por su
cuenta, como tantas veces, y salir por piernas sin mirar atrás. Desconocía qué le
había impulsado, en un estúpido arrebato heroico, a jugarse el tipo incendiando
el autocar tras atraer al mayor número posible de bichos adentro y sacar
después a la chica de debajo de aquel enorme montón de mierda hinchada y maloliente.
De verdad
que no lo sabía. Quizá había sido la forma que tenía Bea de correr, que era de
una elegancia increíble incluso teniendo que hacerlo delante de una horda de
monstruos. O puede que el estar tan asustado como ella, aunque no quisiera
reconocerlo, y el necesitar el
contacto con otro ser humano para sentir que todo aquello era real en vez de
una puta pesadilla. O, en última y egoísta instancia, el hecho de que entre
dos, cooperando, tendrían más probabilidades de salir de allí indemne.
La madre
de Bea seguía rascando con sus dedos ensangrentados la madera de la trampilla
de la bodega. Toni se había acostado con ese sonido resonando en su cerebro,
y ahora, tras despertarse, comprobaba que todo seguía igual. ¿Nunca dormían?
Bebió un
trago de agua con cuidado. Solo les quedaban dos de las tres garrafas. Parecía
bastante para una emergencia, pero no sabía cuánto iba a durar su emergencia… Se acercó al ventanal y,
con cuidado, comenzó a descorrer las espesas cortinas de algodón crudo. Al
principio no vio nada, pero en seguida se dio cuenta de la situación. En la
calle, hasta donde alcanzaba la vista, los deambulantes ocupaban cada hueco, en
algunos casos amontonándose inverosímilmente. «¿Qué coño…?» ¿Cómo podía ser aquello, si la tarde anterior parecía
que se dispersaban una vez desengañados de poder alcanzar la comida?
Toni se
devanaba la cabeza buscando una explicación. Era imposible que hubieran visto el
resplandor del fuego porque se habían cerciorado de echar las cortinas antes de
encender la chimenea. Y estaba seguro de que no habían hecho ningún ruido que
alguien situado fuera de los muros de la casa pudiera oír. ¿Entonces? Dio una
vuelta nerviosa por el salón, jurando en voz baja…
–El humo.
Se volvió
hacia la escalera. Allí estaba Bea, con aspecto cansado y frágil. Al fin y al
cabo era una mujer delgada y no demasiado resistente. Pero algo distinto brillaba en el
fondo de sus ojos…
–Quizá fue
una mala idea encender el fuego, después de todo… –bajó los tres últimos
peldaños y se dirigió al mostrador del bar, lanzando, como el día anterior, una
mirada de soslayo al lugar donde, bajo el pesado sofá y la alfombra, estaba la
trampilla de la bodega.
Toni se la
quedó mirando perplejo. ¿Los muy cabrones tenían olfato? ¿Esos bichos podían
oler? Bueno, y ¿por qué no? Si eran capaces de ver y de oír, ¿qué le hacía
suponer que no podían oler? Lo que de verdad le extrañaba era no haberse dado cuenta antes.
–Lo
siento. Tenía que haberlo recordado, pero no lo hice. Supongo que sencillamente
se me pasó –Bea tenía un vaso de agua en la mano, y parecía dudar entre echar
un trago o continuar hablando. Al final bebió y luego habló–. En la Zona de
Evacuación, un microbiólogo del IBGM nos explicó que esos… seres, en realidad
se comportaban como descerebrados, y que lo único que parecía funcionar en
ellos, y no de manera eficaz, era el sistema límbico, que es la parte del
cerebro humano más antigua y primitiva y donde radican los actos puramente
reflejos y las funciones corporales automáticas, como el instinto de
alimentarse… o las primeras sensaciones olfativas.
¿Qué
estaba diciendo la chica? El joven de Malasaña no estaba seguro de haber comprendido
la explicación de la enfermera... ¡Qué cojones, claro que estaba seguro!: no había entendido
una mierda, pero le bastó retener difusamente la idea de que, en efecto, y
entre un elenco de no demasiadas habilidades (entre las que se encontraba morder,
por desgracia), los deambulantes podían oler.
–Y en
realidad –prosiguió Bea– esa certeza y no otra cosa es lo que hizo que me
metiera bajo todo ese montón de muertos, porque mi subconsciente recordaba la
explicación del médico y sabía que mi única posibilidad de sobrevivir era
escondiéndome allí, donde el intenso olor de la putrefacción camuflaría el mío
propio… Sin embargo, anoche no lo recordé… Lo siento.
Había
agachado la cabeza tras terminar de hablar, en clara señal de autoinculpación y
arrepentimiento. Toni iba a decirle que tampoco importaba tanto cuando, de
pronto, un ruido metálico y desagradable llegó de la calle.