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martes, 28 de enero de 2014

Primera parte. Cuatro. 2

Día ochenta y cinco. Ya había amanecido, pero la luminosidad era escasa a causa de las nubes bajas y densas que con toda probabilidad, no tardando mucho, dejarían lluvia. La borrasca que había entrado por Galicia el día antes ya estaba allí. Lástima de telediarios…
Bea seguía durmiendo arriba, en su habitación, en tanto Toni había preferido quedarse en el sofá del salón, en parte por el calor de los rescoldos de la chimenea y en parte para evitar que la enfermera cometiera alguna tontería en lo referente a su madre… El chico no estaba del todo seguro de que Bea hubiera recuperado completamente el equilibrio emocional, aunque, por otra parte, ¿quién podría hacerlo, en sus circunstancias? Quizá él. Pero eso era diferente, porque él no tenía ya familia digna de ese nombre, y a nadie le importaba una mierda qué fuera de él, algo que, de todas formas, era recíproco.
Por más que le había dado vueltas, ni siquiera sabía por qué se había lanzado al rescate de la chica cuando lo más sencillo habría sido buscarse la vida por su cuenta, como tantas veces, y salir por piernas sin mirar atrás. Desconocía qué le había impulsado, en un estúpido arrebato heroico, a jugarse el tipo incendiando el autocar tras atraer al mayor número posible de bichos adentro y sacar después a la chica de debajo de aquel enorme montón de mierda hinchada y maloliente.
De verdad que no lo sabía. Quizá había sido la forma que tenía Bea de correr, que era de una elegancia increíble incluso teniendo que hacerlo delante de una horda de monstruos. O puede que el estar tan asustado como ella, aunque no quisiera reconocerlo, y el necesitar el contacto con otro ser humano para sentir que todo aquello era real en vez de una puta pesadilla. O, en última y egoísta instancia, el hecho de que entre dos, cooperando, tendrían más probabilidades de salir de allí indemne. 
La madre de Bea seguía rascando con sus dedos ensangrentados la madera de la trampilla de la bodega. Toni se había acostado con ese sonido resonando en su cerebro, y ahora, tras despertarse, comprobaba que todo seguía igual. ¿Nunca dormían?
Bebió un trago de agua con cuidado. Solo les quedaban dos de las tres garrafas. Parecía bastante para una emergencia, pero no sabía cuánto iba a durar su emergencia… Se acercó al ventanal y, con cuidado, comenzó a descorrer las espesas cortinas de algodón crudo. Al principio no vio nada, pero en seguida se dio cuenta de la situación. En la calle, hasta donde alcanzaba la vista, los deambulantes ocupaban cada hueco, en algunos casos amontonándose inverosímilmente. «¿Qué coño…?» ¿Cómo podía ser aquello, si la tarde anterior parecía que se dispersaban una vez desengañados de poder alcanzar la comida?
Toni se devanaba la cabeza buscando una explicación. Era imposible que hubieran visto el resplandor del fuego porque se habían cerciorado de echar las cortinas antes de encender la chimenea. Y estaba seguro de que no habían hecho ningún ruido que alguien situado fuera de los muros de la casa pudiera oír. ¿Entonces? Dio una vuelta nerviosa por el salón, jurando en voz baja…
–El humo.
Se volvió hacia la escalera. Allí estaba Bea, con aspecto cansado y frágil. Al fin y al cabo era una mujer delgada y no demasiado resistente. Pero algo distinto brillaba en el fondo de sus ojos…
–Quizá fue una mala idea encender el fuego, después de todo… –bajó los tres últimos peldaños y se dirigió al mostrador del bar, lanzando, como el día anterior, una mirada de soslayo al lugar donde, bajo el pesado sofá y la alfombra, estaba la trampilla de la bodega.
Toni se la quedó mirando perplejo. ¿Los muy cabrones tenían olfato? ¿Esos bichos podían oler? Bueno, y ¿por qué no? Si eran capaces de ver y de oír, ¿qué le hacía suponer que no podían oler? Lo que de verdad le extrañaba era no haberse dado cuenta antes.
–Lo siento. Tenía que haberlo recordado, pero no lo hice. Supongo que sencillamente se me pasó –Bea tenía un vaso de agua en la mano, y parecía dudar entre echar un trago o continuar hablando. Al final bebió y luego habló–. En la Zona de Evacuación, un microbiólogo del IBGM nos explicó que esos… seres, en realidad se comportaban como descerebrados, y que lo único que parecía funcionar en ellos, y no de manera eficaz, era el sistema límbico, que es la parte del cerebro humano más antigua y primitiva y donde radican los actos puramente reflejos y las funciones corporales automáticas, como el instinto de alimentarse… o las primeras sensaciones olfativas.
¿Qué estaba diciendo la chica? El joven de Malasaña no estaba seguro de haber comprendido la explicación de la enfermera... ¡Qué cojones, claro que estaba seguro!: no había entendido una mierda, pero le bastó retener difusamente la idea de que, en efecto, y entre un elenco de no demasiadas habilidades (entre las que se encontraba morder, por desgracia), los deambulantes podían oler.
–Y en realidad –prosiguió Bea– esa certeza y no otra cosa es lo que hizo que me metiera bajo todo ese montón de muertos, porque mi subconsciente recordaba la explicación del médico y sabía que mi única posibilidad de sobrevivir era escondiéndome allí, donde el intenso olor de la putrefacción camuflaría el mío propio… Sin embargo, anoche no lo recordé… Lo siento.
Había agachado la cabeza tras terminar de hablar, en clara señal de autoinculpación y arrepentimiento. Toni iba a decirle que tampoco importaba tanto cuando, de pronto, un ruido metálico y desagradable llegó de la calle.