Hacía
algunos años ya que Toni estaba acostumbrado a tomar sus propias decisiones.
Unos padres que nunca le quisieron, varios hogares postizos, demasiados colegas
complicados, unos estudios incompletos y algún que otro problema legal habían logrado que el chaval viviera dos vidas en el
tiempo de una, y que madurara antes que los chicos de su edad. No es que fuera
más inteligente que nadie. Pero no podía negarse que estaba más despabilado que
la mayoría de adolescentes, acostumbrados a que sus deseos se tornaran casi
inmediatamente en órdenes para sus progenitores y, en general, todos los
adultos que los rodeaban. Él había tenido que luchar cada logro, cada golosina
incluso. Nadie le había regalado nada.
La violencia en su casa, en el barrio madrileño de Malasaña, era continua, y se manifestaba, sobre todo, en las palizas de su padre borracho les propinaba tanto a él como a su madre y a su hermano mayor, quien, con muy buen juicio, se
piró en cuanto pudo tras recuperarse de la última. El alcoholismo de su madre,
la ira acumulada... Al final, acabó bajo la tutela de la Comunidad de Madrid
tras retirarles ésta a sus padres la patria potestad cuando apenas contaba diez años.
Incluso tuvo que decidir un día, víctima de sí mismo, de su rebeldía pero también
de su fragilidad, entre morir o continuar viviendo. Y ahí estaba. Vivo y de una
pieza, lo cual era ya, a esas alturas del puto mundo, todo un grado.
Pero una
cosa era decidir qué hacer con su vida, y cómo, y otra muy distinta tener que
cargar con otra persona, un adulto además, incapaz de decidir por sí mismo. O eso
suponía. Claro que también sabía que la gente muchas veces se inhibe y se
abandona en manos de otros. Pero él no estaba dispuesto a decidir por nadie,
sobre todo cuando de lo que eligiera dependía vivir o morir. Haberle salvado la
vida a esa chica la noche anterior no tenía por qué ejercer sobre él más
presión que si hubiera rescatado a un gatito de lo alto de un árbol. Sin embargo,
se la veía tan apocada, tan desvalida, que no podía dejar de sentir cierta lástima
por ella. Él, que tantos puñetazos había dado y, sobre todo, recibido, ahora parecía
a punto de convertirse en el guía y tutor de una chica varios años mayor que
él, con estudios y todo, y que al parecer vivía, mejor dicho, había vivido en
un bonito chalé de una urbanización. Había que joderse.
Y luego
estaba lo de su madre, de la la chica... Qué marrón. Volver a casa para ver a tu
madre convertida en una puta cosa de ésas… Hacía siete años que él no veía a
sus padres. Y la verdad, tampoco tenía ganas. Eso era una suerte en estas
circunstancias. Pero la chica… joder qué putada. No le extrañaba que estuviera
así, como atontada. Aunque, siendo enfermera, debería estar más acostumbrada a
cosas así, o parecidas…
–Bueno,
¿qué piensas?
Bea le
miró con ojos aún inexpresivos. Al parecer, el valium sí hacía efecto, en contra
de lo que se rumoreaba en el reformatorio… Anochecía de nuevo sobre El Coto. La
luna estaba prácticamente llena ya, y extendía sobre las copas de los pinos de
la urbanización su luz en una noche sin nubes: desde el comedor podían ver cómo
brillaban los tejados de pizarra de algunos chalés al reflejarla.
Afuera, en
la calle, los gemidos parecían haberse amortiguado según pasaba el tiempo.
Quizá la percepción de esos seres no fuera todo lo aguda que se necesitaba para
darse cuenta de que las dos personas vivas que habían entrado en la casa todavía no habían salido. O puede que
fueran incapaces de mantener la atención sobre la misma cosa durante mucho
tiempo, como les pasa a los niños hiperactivos. En cualquier caso, la aglomeración
de deambulantes frente a la verja de entrada era sensiblemente menor que por la
mañana, y disminuía conforme pasaban las horas. Toni no estaba seguro de que
eso fuera bueno, porque aún no había fijado bien ese dato en su cabeza…
–¿De qué?
–De lo que
vamos a hacer, tía. Porque algo habrá que hacer, ¿no?
La
enfermera se sintió de repente molesta. Puede que el efecto de las pastillas no
fuera tan duradero, después de todo.
–¿Te
importaría dejar de llamarme tía? Mi nombre es Beatriz…
–Ya lo sé,
tía… o sea, bueno, perdona. Yo qué sé, oye, la costumbre… Lo intentaré –Toni se
rascó la cabeza en un gesto que para él era de disculpa, aunque no estaba
seguro de que la enfermera lo interpretara en ese sentido. En fin, mujeres…
El
silencio se apoderó de la casa como si el mundo entero se hubiera quedado sordo
de pronto, sin ruido, sin voces, prácticamente sin aire que transmitiera los
sonidos… Incluso la madre de Bea parecía haberse tomado un descanso en su inacabable
misión de arañar la trampilla de la bodega. Ninguno de los dos parecía querer
retomar el amago de conversación que habían iniciado. No tenían que adivinarse
porque entraba suficiente luz por la gran ventana del salón como para delimitar
perfectamente sus siluetas. Pero los rostros, medio vueltos contra la chimenea,
permanecían en sombras.
–¿Hay que
tomar una decisión? –preguntó Bea quedamente.
–Sí…
–Encendamos
fuego –la barbilla de la joven enfermera señaló el hogar de hierro fundido
vacío mientras cruzaba ambos brazos bajo sus pechos en inequívoco gesto. En un hueco
practicado en la pared, un buen montón de leña seca de encina aguardaba; también
había piñas en un cesto–. Tengo frío…
Durante
unos instantes el chico sopesó la propuesta de Bea. Sí que hacía frío allí
dentro. Quizá con las emociones de las últimas horas no se había dado realmente
cuenta de muchas cosas. Pero algo era seguro: hacía frío. Si encendían la
chimenea, ¿qué podía pasar, aparte de caldear agradablemente al menos el salón?
Las llamas no hacen ruido hacia el exterior, y podían correr las cortinas de la
ventana para no atraer la atención de los deambulantes que ahora parecían
caminar sin propósito definido por la calle. La única muestra visible de su
presencia sería el humo que saldría por encima del tejado. Pero Toni dudaba de
que esos seres fueran capaces de verlo de noche, aunque hubiera luna llena…
–Está
bien… –concedió al fin a una expectante Bea, cuyos ojos brillaron de alegría por
primera vez en los dos últimos días–. No creo que un poco de calor nos venga
mal. Tú sabrás cómo se enciende este chisme, ¿no? Es que en casa era el
mayordomo el que se encargaba…
Al cabo de
diez minutos una leve sensación de bienestar les invadió, aun antes de que la
chimenea comenzara efectivamente a dar calor. La sola visión del fuego producía
en sus mentes, al igual que en sus antecesores desde hacía al menos medio
millón de años, un efecto balsámico, hipnótico incluso
Arrimaron
uno de los sofás, el que no tapaba el acceso a la bodega, hasta situarlo a
escaso metro y medio de la chimenea y se derrumbaron en él, extenuados. Apenas
si habían comido algo en todo ese tiempo, unas latas de atún en aceite que
cogían polvo en la despensa. Toni habría dado algo bueno por un cigarrillo. Lo
único que conservaba en esos momentos de su afición al tabaco era el viejo Zippo dorado con una herradura grabada que
había socializado en el Centro de
Menores de Madrid.
–¿Y qué
vamos a hacer con mi madre? –preguntó de repente Bea, causando en el joven el
efecto de un tortazo o quizá algo peor. Se volvió hacia la chica con cara de no
entender nada.
–¿Qué
quieres decir exactamente con «Qué vamos
a hacer con mi madre»?
–¿No
podríamos llevárnosla…?
–¿Pero,
estás loca o qué? ¿No sabes lo que hacen estas cosas? Muerden, guapa –Toni
notaba que se encendía por momentos, tanto o más que las llamas que comenzaban
a crepitar al otro lado de la puerta de seguridad del hogar. Por si no era
bastante tener que cuidar de una niña de papá, ¿iba a tener que cargar, además,
con su madre muerta o como quiera que estuviera? De locos, vamos–. ¿Dónde coño
has estado estos últimos meses?
Se
arrepintió inmediatamente de haber hablado tan duramente a Bea. Era su madre. Y
por más que se hubiera transformado en algo abominable que no dudaría ni un
segundo en tirarse a la yugular de su propia hija, a sus ojos parecía seguir siéndolo, aunque la parte
racional del cerebro de la joven supiera que tras esa mirada opaca ya no
quedaba nada…