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domingo, 26 de enero de 2014

Primera parte. Cuatro. 1

Hacía algunos años ya que Toni estaba acostumbrado a tomar sus propias decisiones. Unos padres que nunca le quisieron, varios hogares postizos, demasiados colegas complicados, unos estudios incompletos y algún que otro problema legal habían logrado que el chaval viviera dos vidas en el tiempo de una, y que madurara antes que los chicos de su edad. No es que fuera más inteligente que nadie. Pero no podía negarse que estaba más despabilado que la mayoría de adolescentes, acostumbrados a que sus deseos se tornaran casi inmediatamente en órdenes para sus progenitores y, en general, todos los adultos que los rodeaban. Él había tenido que luchar cada logro, cada golosina incluso. Nadie le había regalado nada.
La violencia en su casa, en el barrio madrileño de Malasaña, era continua, y se manifestaba, sobre todo, en las palizas de su padre borracho les propinaba tanto a él como a su madre y a su hermano mayor, quien, con muy buen juicio, se piró en cuanto pudo tras recuperarse de la última. El alcoholismo de su madre, la ira acumulada... Al final, acabó bajo la tutela de la Comunidad de Madrid tras retirarles ésta a sus padres la patria potestad cuando apenas contaba diez años. Incluso tuvo que decidir un día, víctima de sí mismo, de su rebeldía pero también de su fragilidad, entre morir o continuar viviendo. Y ahí estaba. Vivo y de una pieza, lo cual era ya, a esas alturas del puto mundo, todo un grado.
Pero una cosa era decidir qué hacer con su vida, y cómo, y otra muy distinta tener que cargar con otra persona, un adulto además, incapaz de decidir por sí mismo. O eso suponía. Claro que también sabía que la gente muchas veces se inhibe y se abandona en manos de otros. Pero él no estaba dispuesto a decidir por nadie, sobre todo cuando de lo que eligiera dependía vivir o morir. Haberle salvado la vida a esa chica la noche anterior no tenía por qué ejercer sobre él más presión que si hubiera rescatado a un gatito de lo alto de un árbol. Sin embargo, se la veía tan apocada, tan desvalida, que no podía dejar de sentir cierta lástima por ella. Él, que tantos puñetazos había dado y, sobre todo, recibido, ahora parecía a punto de convertirse en el guía y tutor de una chica varios años mayor que él, con estudios y todo, y que al parecer vivía, mejor dicho, había vivido en un bonito chalé de una urbanización. Había que joderse.
Y luego estaba lo de su madre, de la la chica... Qué marrón. Volver a casa para ver a tu madre convertida en una puta cosa de ésas… Hacía siete años que él no veía a sus padres. Y la verdad, tampoco tenía ganas. Eso era una suerte en estas circunstancias. Pero la chica… joder qué putada. No le extrañaba que estuviera así, como atontada. Aunque, siendo enfermera, debería estar más acostumbrada a cosas así, o parecidas…
–Bueno, ¿qué piensas?
Bea le miró con ojos aún inexpresivos. Al parecer, el valium sí hacía efecto, en contra de lo que se rumoreaba en el reformatorio… Anochecía de nuevo sobre El Coto. La luna estaba prácticamente llena ya, y extendía sobre las copas de los pinos de la urbanización su luz en una noche sin nubes: desde el comedor podían ver cómo brillaban los tejados de pizarra de algunos chalés al reflejarla.
Afuera, en la calle, los gemidos parecían haberse amortiguado según pasaba el tiempo. Quizá la percepción de esos seres no fuera todo lo aguda que se necesitaba para darse cuenta de que las dos personas vivas que habían entrado en la casa todavía no habían salido. O puede que fueran incapaces de mantener la atención sobre la misma cosa durante mucho tiempo, como les pasa a los niños hiperactivos. En cualquier caso, la aglomeración de deambulantes frente a la verja de entrada era sensiblemente menor que por la mañana, y disminuía conforme pasaban las horas. Toni no estaba seguro de que eso fuera bueno, porque aún no había fijado bien ese dato en su cabeza…
–¿De qué?
–De lo que vamos a hacer, tía. Porque algo habrá que hacer, ¿no?
La enfermera se sintió de repente molesta. Puede que el efecto de las pastillas no fuera tan duradero, después de todo.
–¿Te importaría dejar de llamarme tía? Mi nombre es Beatriz…
–Ya lo sé, tía… o sea, bueno, perdona. Yo qué sé, oye, la costumbre… Lo intentaré –Toni se rascó la cabeza en un gesto que para él era de disculpa, aunque no estaba seguro de que la enfermera lo interpretara en ese sentido. En fin, mujeres…
El silencio se apoderó de la casa como si el mundo entero se hubiera quedado sordo de pronto, sin ruido, sin voces, prácticamente sin aire que transmitiera los sonidos… Incluso la madre de Bea parecía haberse tomado un descanso en su inacabable misión de arañar la trampilla de la bodega. Ninguno de los dos parecía querer retomar el amago de conversación que habían iniciado. No tenían que adivinarse porque entraba suficiente luz por la gran ventana del salón como para delimitar perfectamente sus siluetas. Pero los rostros, medio vueltos contra la chimenea, permanecían en sombras.
–¿Hay que tomar una decisión? –preguntó Bea quedamente.
–Sí…
–Encendamos fuego –la barbilla de la joven enfermera señaló el hogar de hierro fundido vacío mientras cruzaba ambos brazos bajo sus pechos en inequívoco gesto. En un hueco practicado en la pared, un buen montón de leña seca de encina aguardaba; también había piñas en un cesto–. Tengo frío…
Durante unos instantes el chico sopesó la propuesta de Bea. Sí que hacía frío allí dentro. Quizá con las emociones de las últimas horas no se había dado realmente cuenta de muchas cosas. Pero algo era seguro: hacía frío. Si encendían la chimenea, ¿qué podía pasar, aparte de caldear agradablemente al menos el salón? Las llamas no hacen ruido hacia el exterior, y podían correr las cortinas de la ventana para no atraer la atención de los deambulantes que ahora parecían caminar sin propósito definido por la calle. La única muestra visible de su presencia sería el humo que saldría por encima del tejado. Pero Toni dudaba de que esos seres fueran capaces de verlo de noche, aunque hubiera luna llena…
–Está bien… –concedió al fin a una expectante Bea, cuyos ojos brillaron de alegría por primera vez en los dos últimos días–. No creo que un poco de calor nos venga mal. Tú sabrás cómo se enciende este chisme, ¿no? Es que en casa era el mayordomo el que se encargaba…
Al cabo de diez minutos una leve sensación de bienestar les invadió, aun antes de que la chimenea comenzara efectivamente a dar calor. La sola visión del fuego producía en sus mentes, al igual que en sus antecesores desde hacía al menos medio millón de años, un efecto balsámico, hipnótico incluso
Arrimaron uno de los sofás, el que no tapaba el acceso a la bodega, hasta situarlo a escaso metro y medio de la chimenea y se derrumbaron en él, extenuados. Apenas si habían comido algo en todo ese tiempo, unas latas de atún en aceite que cogían polvo en la despensa. Toni habría dado algo bueno por un cigarrillo. Lo único que conservaba en esos momentos de su afición al tabaco era el viejo Zippo dorado con una herradura grabada que había socializado en el Centro de Menores de Madrid.
–¿Y qué vamos a hacer con mi madre? –preguntó de repente Bea, causando en el joven el efecto de un tortazo o quizá algo peor. Se volvió hacia la chica con cara de no entender nada.
–¿Qué quieres decir exactamente con «Qué vamos a hacer con mi madre»?
–¿No podríamos llevárnosla…?
–¿Pero, estás loca o qué? ¿No sabes lo que hacen estas cosas? Muerden, guapa –Toni notaba que se encendía por momentos, tanto o más que las llamas que comenzaban a crepitar al otro lado de la puerta de seguridad del hogar. Por si no era bastante tener que cuidar de una niña de papá, ¿iba a tener que cargar, además, con su madre muerta o como quiera que estuviera? De locos, vamos–. ¿Dónde coño has estado estos últimos meses?
Se arrepintió inmediatamente de haber hablado tan duramente a Bea. Era su madre. Y por más que se hubiera transformado en algo abominable que no dudaría ni un segundo en tirarse a la yugular de su propia hija, a sus ojos parecía seguir siéndolo, aunque la parte racional del cerebro de la joven supiera que tras esa mirada opaca ya no quedaba nada…